La Voz de Almeria

Cartas al Director

Eduardo Vargas Garbín

Almería, ciudad accesible para tod@s

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Basta con darse una vuelta por Almería para comprobar que se está convirtiendo en una ciudad cada vez más accesible la mayoría de edificios y negocios tienen rampas de acceso y baños adaptados, existen más aparcamientos reservados para personas con movilidad reducida, las calles tienen menos barreras arquitectónicas… Aunque queda mucho por hacer, la ciudad empieza a parecer un lugar pensado “para tod@s”. Aun así, da la sensación de que al valorar la accesibilidad de una ciudad solo pensamos en sí permite a todos deambular y transitar de forma libre por ella. Así, a la discapacidad que “se ve” (sillas de ruedas, formas diferentes de caminar, muletas, bastones blancos…) se le da respuestas que “se ven” (rampas, indicadores acústicos, barandillas, baños adaptados...). Pero, ¿qué ocurre cuando la persona con discapacidad no necesita “nada especial” para llegar a los sitios? Me refiero, por ejemplo, a personas con problemas de audición, personas con discapacidad cognitiva ligera, personas con daño cerebral leve, con trastornos del espectro autista, demencias…, ¿debemos entender que para ellos la ciudad es un entorno es totalmente accesible? Me temo que no, porque entonces esa persona que no tuvo problemas para llegar se dirige a nosotros en un tono de voz y con un lenguaje que nos resulta ajeno. Estas situaciones nos incomodan y, para protegernos, levantamos rápidamente la barrera que habíamos prometido que no existiría en nuestro negocio/servicio, un muro que nos dificulta ver lo que esa persona ha venido a hacer o a buscar. Nos entra la “prisa”, esperamos a que alguien nos “rescate” o nos dirigimos a esa persona como si fuese un niño porque así nos parece menos “peligrosa”. Hoy quiero recordar que estas personas con discapacidad que llegan a los sitios sin ayuda, una vez allí, también quieren ser y quieren estar. Para ello necesitan que sean reconocidos más allá de su particular forma de hablar o de su dificultad para comprender la situación que le planteamos. No es tan complicado hacerlo, solo necesitan que no sintamos miedo al dirigirnos a ellos, que no sintamos que hacemos el ridículo por tener que abandonar por un instante nuestra forma mecánica de atender a la “gente normal”, que tengamos disposición para cambiar nuestra única y rígida forma de comunicarnos (y de hacer las cosas), adaptándola a la nueva situación. Al final se trata de un sencillo “juego” la persona con discapacidad que llega hasta allí, lo hace por y para algo. El resto debemos descubrir de quien se trata y qué quiere/necesita de nosotros. Las dos partes ganamos si somos capaces de descubrirnos ante la PERSONA con discapacidad y, a su vez, descubrirla a ella. Todos perdemos, en cambio, cuando desistimos de mostrarnos ante el otro y de ver a quien tenemos delante, atendiendo solo a aquello que aparentemente les hace diferentes a nosotros. Por desgracia la ley no nos puede obligar a mirar a las personas más allá de su discapacidad, ni a tener paciencia para respetar sus distintas “formas” y “ritmos”. En nuestra mano queda hacerlo. Feliz día internacional de las PERSONAS con discapacidad.

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