El amor necesita su cochura
El amor necesita su cochura
Hace tiempo fui vilmente engañado por una mujer rubia que me abrazaba frenéticamente. Según ella mis artículos de Opinión era la razón de su abordaje, más cuando me levanté y observó mis pasos de viejo caduco se fue como perro que le cortan el rabo.
En justa compensación surgió Rafaela; es tan bella que sabe cuando su mirada puede herir y baja sus ojos negros de belleza faraónica para no herir a nadie.
Hace unos días conocí a Renata -relación puramente amistosa- cabellos negros y lustrosos, boca de labios rojos que piden besos profundos y sinceros, pero que sean honestos como honesta es ella. Su cuerpo en suaves movimientos te relajan igual que los mares del Sur. Una vez más se me fue el alma al cielo.
“En el corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón”.
Sólo en este aspecto soy semejante al genio de todos conocido. Todas las criaturas que entraron en el mío, siguen los movimientos de sístoles y diástoles, por cuya razón no puedo sacarlos ni tampoco lo deseo. Además necesitaría un cardiólogo especial y la crisis tampoco me lo permitiría. Sólo deseo, por favor, que respeten mis ideas aunque no las compartan.
“Nada hay tan bello en la vida, tan grato y tan grande como las cosas misteriosas”, Chateaubriand. Así son los ojos de mi entrañable amiga Marí-Carmen Castillo. Lola es un hermoso reflejo del sol naciente. Antoñita Jiménez Pérez es mi sobrina que tanto y tanto quiero.
El presente artículo va envuelto en papel de celofán de múltiples colores pues en parte va dedicado a unos niños. De menor a mayor: Marina López Arqueros, de cinco meses, bella sonrisa y candor manifiesto; Bruno Morales, ojos vivos, cabello engomado, me quita el bastón y con cierta picardía hace de mí lo que le da la gana. Te quiero Bruno; Manuel Hernández López tiene dos años; es díscolo, me mira fijamente y es en definitiva mi amigo del alma; Livama Gesasimunt de dos años y su hermana Asier despuntando al amanecer de un día primaveral; Martina Iglesias es una amiguita y junto a ella me siento un niño tan bueno como ella; Ismael Navarro, tres años y toda la sal de las Salinas de Cádiz, valga la redundancia; Izan Martínez cuenta cuatro años, cabellos rubios cortitos y ojos que miran observándolo todo con interés de hombrecito; Rebeca Ayala es una flor perfumada cuyos pétalos juegan con gracia; Andrea Guiado es la inteligencia andante y belleza que apunta; Salvador Pérez, siete años, pelado casi a rape se parece a mí que soy su abuelo pero mucho más guapo cuando tenía su edad y…
Pilar Pérez, eterna fuente de sabiduría: “Esa blanca arrogancia de los nardos, y ese verde perfumado de ese huerto, el ulular del agua en los remansos, y el silbo penetrante de los vientos”.