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Opinión

Amor en la casa de los espejos

Amor en la casa de los espejos

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Apolo Vargas había heredado aquella atracción de feria de su padre y como era hombre de pocas ambiciones y menos iniciativas, en estos treinta años no había pasado de darle alguna mano de pintura y de reparar los desperfectos más vistosos. Así que los espejos de la risa, como llamaba la gente, tenía un aire antiguo y atrasado, una decadencia irrecuperable a la que nada ayudaba la desidia de Apolo y los sueños tristes de su esposa cubana.


Yaiza, una mulata de La Habana y jinetera en horas bajas, había conocido a Apolo chateando, él se hacía pasar por un importante empresario de espectáculos lúdicos-festivos. Ella nunca creyó aquel farol, pero lo encontró dispuesto al matrimonio, requisito imprescindible para largarse de la isla.


La cubana fabricó una biografía a la medida; bailarina del Tropicana, depurada por sus ideas anticomunistas. Así que como los dos sospechaban que se mentían, cuando Yaiza llegó a España y vio el negocio de Apolo y su vida mísera de feriante, tuvo que callar y aceptar, supuso que él sabría que vendía sus encantos por las calles de La Habana vieja.


Como el negocio languidecía y apenas le daba para malvivir, Yaiza logró convencer a Apolo, un hombre celoso, para que se exhibiera con un vestuario de lentejuelas brillantes que realzará su poderosas caderas y hacer algunos pasos de danza, cerca de la taquilla, eso sí para que él pudiera verla. Después él aceptó que hiciera de guía y que la sobaran un poco, mientras ella se contorneaba y reía frente a los espejos que la ensanchaban, alargaban o la volvían una enana.


A Bartolo el Ratón, viudo y dueño de la Barca Vikinga, La Noria Gigante y el Ratón Vacilón, Yaiza le había mojado los bigotes, no le faltaban ni las promesas furtivas de matrimonio y un anillo de oro con cuatro pedruscos relucientes esperaba su respuesta esta misma noche. Apolo se había ido al funeral de un primo turronero de Guadix, era el momento, Yaiza cerró de madrugada y El Ratón la esperaba mirándose entretenido entre los espejos, así que la vio entrar y desnudarse para él, estaba extasiado de contemplarla ni aquellos espejos burlones le quitaban esplendor a su cuerpo, diría que sirvieron para aumentar su excitación mientras se revolcaban por el suelo.


Apolo debió quedarse hasta el entierro y no regresar antes de tiempo, su corazón no resistió ver la traición fornicadora de Yaiza multiplicada entre los espejos y la cara de gozo del Ratón repetida mil veces ante su asombro mortal.

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