Quijote
Lo confieso, y no me duele en prenda reconocerlo, soy uno de esos españolitos que no ha leído el Quijote. Que no quiere decir que no lo esté leyendo; con la conjugación verbal hay que tener mucho cuidado, ya saben la anécdota de Cela del que se celebra el primer centenario de su nacimiento, y que acuñó en sede parlamentaria, lo de que no es lo mismo estar jodido que jodiendo. Pues eso, leyendo más vale tarde que nunca, que es empresa de valor, y reconociendo, a mis 46, que me estoy encontrando con un caudal de ficción, vida, disparate, locura y razón, inigualable en casi nada de lo que he leído nunca. Algo tendría esta obra cuando tantas bocas la bendicen como agua desde siglos. Es curioso que el paradigma de nuestra lengua, tras ser un best seller en el siglo XVII, no fue hasta su rescate por los ingleses, dos siglos después, cuando se consagra como la obra maestra que es. Todo un clásico, desde fuera se nos ve y valora mejor a los españoles, porque aquí el deporte son garrotes y envidia.
En mi caso, he empezado a descubrir esos estratos que subyacen bajo la epidermis de unas ‘simples’ aventuras disparatadas que un loco y un tonto, El Ingenioso Hidalgo y su escudero Sancho, acometen, sin ton ni son, o con todo el son frente a un mundo sin razón. Hace unos días leí una frase sobre la novela de novelas que me dejó pensativo: “Los niños lo manosean, los jóvenes se acercan a su lectura, los adultos lo entienden y los viejos lo aprecian”. Será la edad y el poso de lecturas previas, porque mi bagaje del Quijote (amén de algún capítulo suelto entre lecturas de verano) tenía una doble condición naif: aquella serie de dibujos y la banda sonora que la acompañaba cantada por el dúo Botones, y cuyo estribillo todos los de nuestra generación podríamos entonar sin rubor: “Sanchoooo, Quijoteeee, Quijoteee, Sanchooo”. Mi padre como artista de raza que era, a pesar de que le dió de comer la milicia, también tenía su punto Quijote. Su afición por los cómics, por los tebeos, era de tal calibre (la casa familiar es un pozo de Roberto Alcázares y Pedrines, hasta Phantoms...), que fíjense, aquella serie editó en tebeo la obra de Cervantes, colección que mi padre fue adquiriendo semanalmente, y que ahora deleita a mi hijo mientras suena el submarino amarillo de fondo (“a menudo los hijos se nos parecen”, que cantaba Serrat)...
Hace una semana, en el whatsapp de los amigos pechineros, mi paisana Nanny comentaba que tiene un amigo septuagenario con el Quijote como libro de cabecera; según él, su lectura es el mejor método para irse cada noche con una sonrisa a la cama. Tomo nota. La experiencia siempre es un grado, y nunca es tarde si hay lectura buena entre manos.