Cumpleaños feliz
Probablemente esta columna sea la felicitación más temprana que recuerde nunca. Fíjense, me voy a marcar un farol de órdago felicitándome a mí mismo, con mi mecanismo y en un alarde de ombliguismo, una semana antes de que un beso me despierte, unos niños me lo canten y un Facebook haga las veces de chivo chivato espiador, que no expiatorio, y aliente a sus merodeadores familiares, amigos, colegas, fisgones, pasantes, artistas del alambre y alambicados, a darse el festín y bacanal de manifestaciones a mi costa. A día de hoy, al más puro estilo Neruda, les Confieso que he vivido y les Prometo estar agradecido como el leñero Rosendo de Carabanchel; y si además me hacen sonreír, recordar, emocionar o simplemente acabar en un simple y sintético ‘me gusta’, genial. Este 25 de abril optaré como siempre más por los claveles que por las revoluciones (ya saben ustedes cómo acaban éstas, invitando a los Stones a costa de que pague una ONG para lavar la cara a unos sátrapas). Le sacaré la patilla a la vida y a la muerte, al tiempo y su transcurrir lento pero seguro de su fin. Hoy siempre mejor que mañana, porque el mañana nunca se sabe (John Lennon dixit), y brindaré por estar otro día sobre esta piedra tonta. O mejor, sacaré las dos patillas, esas que cuelgan de mis orejas como reducto del rocker que pudo ser y no fue, o fue lo que pudo ser, o se empeña en ser aunque a veces cueste poder; y tras el trabalenguas si les queda claro que querer siempre es poder, y que frente a la necesidad se pelea con capacidad: ¡prueba superada! Trataré, prometo, de no perder el tiempo en cosas banales, que son como anales pero con b.
Soy más de santoral que de cumpleaños. En el santo coincides con más gente que se llaman como tú, es celebración compartida. Para mí, el día de San Marcos, mi cumpleaños, tiene sabor agridulce, como de salsa sobre arroz tres delicias (ni chicha ni limoná). Y eso que amo el arroz sobre todas las cosas: con leche, en paella, a la cubana, con marisco y con conejo. Arroz y nombre son un vínculo directo con mi abuelo Antonio. Pero este día de San Marcos en que se bendicen cosechas y animales, aspiro a ser menos animal y a cosechar de lo sembrado. Recuerdo a mi bisabuela María del Mar decir que ella se quedó en los dieciocho, y no cumplía más. ¡Eso era actitud! Y supongo que de actitud ante la vida trata esta novela que vivimos. Mi signo zodiacal, taurino, no es políticamente correcto, qué le vamos a hacer, pero si nací muy cerca del Mediterráneo, como cantaba quien ustedes y yo sabemos, seguiré dando el cante... Fue aquí, en Almería, hace tanto que ni me acuerdo. Sigo arriando velas, y soplando luces sobre el pastel. Hasta nuevo aviso.