Un nuevo proyecto de país
Como han señalado algunos de nuestros historiadores más insignes, el clima triunfalista de la Transición ocultó nuestras carencias, las de un país con un legado autoritario y una economía clientelar y proteccionista. No se interiorizaron los valores de la libertad, de respeto al otro, de convivencia con el disidente que tantos años y esfuerzos han costado en las democracias más antiguas y que hacen una sociedad más cívica y preparada.
Un país que se dotaba de instituciones parlamentarias, pero sin demócratas ni cultura democrática. José Álvarez Junco lo resume en una Transición que se hizo sin cumplir un requisito que a un Giner de los Ríos hubiera preocupado: “la preparación pedagógica indispensable para cualquier avance político”.
El Estado cuestionado Desde la restauración democrática, llevamos décadas en los que se erosiona el discurso constituyente sin que nadie se de por aludido. Algunas voces periféricas afirman de forma reiterativa sentirse prisioneros, con falta de libertad en un Estado que los oprime. Todo ello, a pesar de la importante descentralización administrativa que ha tenido lugar y el trasvase de poder político que se ha producido hacia el nuevo Estado autonómico sin parangón en nuestra historia.
Tenemos, por tanto, un problema, consideran algunos, de estructura de Estado importante, que el historiador Santos Julia ha descrito como un Estado poco cooperativo y federalizante. Por todo ello, no pocos constitucionalistas consideran que la receta superadora de la cuestión nacional y la que mejor preservaría las singularidades políticas, históricas y culturales de los pueblos de España sería la de profundizar en una cultura federal.
Poner punto y final a los pleitos territoriales e identitarios sería un paso estratégico en la convivencia hispana. La cuestión de fondo que se trasluce es que el problema no sería solo la organización del Estado, mejorable claro está, sino también la falta de visión política para construir un proyecto en el que todos sus ciudadanos se sintieran parte con sus diversidades y grados. Poco se ha hecho, para reforzar los vínculos de amistad y solidaridad, las experiencias y responsabilidades comunes y el sentido de la historia compartido. Ni tampoco se ha interiorizado ni reforzado, ni visualizado lo suficiente una idea pluralista de España, de sus culturas y lenguas.
La sociedad española está necesitada de un nuevo proyecto de país o de una comunidad política renovada. Nadie duda de la existencia de problemas, pero pocos países hay en el mundo en estos momentos sin ellos. Éste es un país maduro y civilizado hasta límites admirables como demuestra que a pesar de la crisis y las tensiones territoriales no se haya quebrado la convivencia.
Se trataría de ver como redefinimos nuestra pertenencia y vivir juntos. Una unión basada en los valores universales que inspiran el Estado de Derecho, que no impone una única identidad, sino que fomenta la variedad de las partes. Una unión, por tanto, entendida como un beneficio para la mayoría y no como un mal a soportar.
Epilogo Pues bien, ahora podría ser el momento en una agenda de regeneración democrática de corregir los déficits si los hubiera, y al mismo tiempo dotar al Estado de la mayor legitimidad posible. Poner punto y final a los pleitos territoriales y al fomento de los odios sería un paso efundamental en la dignidad democrática. Recuperar ese legado de afecto y civilidad para construir un país que a todos de cabida es el sueño de muchos. (Mañana: Re-pensar España (2): El litigio catalán)s