Para cruzar el laberinto
Gratitud constante hacia todo lo que significa ser y estar

Laberinto.
Recitar y recitar es mi auténtica pasión. Se me pone de manifiesto cada vez que tengo la ocasión de hacerlo. El jueves pasado en la terraza del Museo de Antas en el homenaje al poeta Antonio Jesús Soler Cano. Elegí el Preámbulo de su último libro, “Para cruzar el laberinto”, porque es un poema que compendia lo que fue su vida y su obra. Cada verso encierra en sí un mundo de sentimientos desgarradores. El dolor de la vida desde sus comienzos hasta alcanzar el valor suficiente para enfrentarse a ella y cruzar ese lugar enredado y confuso que conforma el laberinto.
Recuerdo una conversación que tuve con él una noche de fiesta. Estábamos hablando de la vida y sus desafíos. Él defendía a ultranza la poesía como su manera de estar en el mundo. A mí, esa afirmación tan tajante y clarividente de lo que uno quiere ser y hacer me parecía el colmo de la lucidez, sin embargo, añadía que la vida no tenía sentido y que prefería morir.
Me chocó esa contradicción tan evidente. En mi ingenuidad yo le decía, pero si sabes lo que quieres hacer en la vida y lo haces por qué quieres morir. Él sonriendo contestaba, contradicciones que tiene uno. Entonces no lo comprendía, pensaba que todo debía ser coherente, pero la vida me está enseñando sus contradicciones.
El amor y el desamor, la paz y la destrucción, el egoísmo y la gratitud. Como el poeta me gustaría un día llegar a coger mi pasado con mis manos “y, sin recelos ni oscuros, ponerme al fin a cruzar mi laberinto”.
Esa sería mi Ítaca personal. El viaje que necesito para reencontrarme en el mundo, despojada de todas las ataduras físicas y mentales que arrastro desde que nací, y elevar el espíritu. Dios, cielo, estrellas. Azul, agua, tierra. Verde, árbol, sol, calor, amor, gratitud constante hacia todo lo que significa ser y estar.