La obra del ingenioso ‘Lope de Vera’ en la provincia de Almería
Maño y veratense a un tiempo, impulsor de Valle del Este y Maraú, uno de los diez club de playa más atractivos del mundo según Vanitatis; apasionado por la cultura y la historia de Almería

El empresario Pedro Lope Solá.
Su obra no es un soneto ni una comedia; más bien una epopeya. Lope de Vera no es Lope de Vega con la pluma de ganso, pero el Fénix de los Ingenios tampoco sería aquel en cuanto a poner en pie lo que empieza como un sueño. Lope de Vera es Pedro Lope Solá, un maño con maña para hacer negocios con elegancia.
Elevado como un pino, con aire de despistado profesor de física, con mostacho de conde de Romanones, Pedro es abogado de titulación, pero empresario de inclinación; un empresario tan culto y tan sereno que más se asemeja el prior de una abadía que a un ejecutivo, aunque lo que haya hecho en Vera necesite del fragor de un caballero templario en una batalla medieval.
Pedro Lope es el perfecto forastero, el preclaro advenedizo que todo alcalde quisiera tener en su municipio, para crear empleo, para darle vidilla al distrito con sus inversiones y con su riesgo. La historia de Pedro es la del hijo de un magistrado zaragozano que recorrió la Península con su progenitor: de Aragón a Sanlúcar de Barrameda, a San Sebastián y vuelta a la orilla del Ebro, aunque Pedro se siente del Sur, sin razón genética alguna, como un japonés se siente hermano de la guitarra de Paco de Lucía. Y en el Sur del Sur, en la Almería más levantina, recaló Pedro en el año 2000 y ya nunca más se ha ido. Llegó como pequeño inversor de un incipiente proyecto turístico -Valle del Este- que entonces empezaba a arrancar en la aridez del ensanche de Vera. Allí, varios socios inmobiliarios y él mismo invirtieron más de 35 millones, hicieron un campo de golf estilo Arizona con más de mil palmeras, un hotelazo, restaurantes y 800 apartamentos para madrileños y europeos ávidos de sol y green.
El proyecto iba para Isla Antilla, en Huelva, pero por razones del corazón que la razón no entiende se quedó en Vera. Sin embargo, llegó la crisis y el resort embarranco como un carromato en el Oeste y acumuló una deuda de más de 20 millones y el valor del pasivo era mayor que el activo. Cuando los bancos se lo comían, Lope compró el complejo a sus socios por un euro incluyendo toda la deuda acumulada. Refinanció y salió adelante en apnea. Le salió bien el lance, pero a punto estuvo de naufragar. Salió adelante con redaños, un hombre que parece más inofensivo que un caracol y que, sin embargo, ante un director de banco uno intuye que debe erizarse de pronto como un tigre de Bengala.
Pedro se hizo, por tanto, con la propiedad de ese fondeadero de relax que es Valle del Este, pero no se quedó ahí. En 2017 convirtió el club de playa de la sociedad inversora, que antes fueron corrales de ganado, en Maraú, el mayor complejo de ocio de la provincia a lomos de las olas veratenses, con discoteca, piscina, bares y restaurantes, todo en un pack. Hoy, Maraú, está considerado por la revista Vanitatis como uno de los diez clubs de ocio más atractivos del mundo junto a Verde Beach en Saint Tropez, Opium Marbella o Porto Cervo en Cerdeña, entre otros. Por Maraú pasan cada día en verano más de 2.000 clientes atendidos por 150 empleados en temporada alta.
El hotel cuenta con una plantilla estable de más de 90 empleados, abierto casi todo el año y ahora Pedro lucha con la Administración -tras haber obtenido el Premio de Turismo de Andalucía- porque le dejen construir un segundo campo de golf y más apartamentos en lo que llamará Valle del Este II, que será como un nuevo valle de la felicidad.
Pero tras esa cortina de empresario, Pedro guarda una querencia por la cultura de Almería, por su historia, acude a casi todas las actividades que puede, al Casino de Vera, a presentaciones de libros, a conciertos, hasta ser ya casi más veratense que San Cleofás. Nadie lo diría de este escualo de los negocios que con 71 años ha empezado a soltar amarras para escuchar a Pink Floid y a dejar el emporio, cuyo lema es una fascinante lagartija, a su hijo Jacobo, quien le ha dado dos nietos engendrados en su tierra de adopción. Porque Pedro es ya conocido como el ingenioso Lope de Vera.