"El centro de Almería está muerto"
Dos naufragios culturales en la misma semana; la cultura con mayúsculas y con minúsculas no es un buen negocio en esta ciudad

Interior del Teatro Cervantes inaugurado en 1921.
Quién triunfa en Almería; o mejor, qué triunfa en Almería. La cultura no, desde luego. La cultura no es negocio. Casi nunca lo fue, casi nunca lo ha sido. Esta semana hemos asistido a dos naufragios culturales: la clausura del Cine Club de David del Pino después de 23 años en el Teatro Apolo; y el concurso de acreedores de Kuver Producciones, la empresa arrendataria del Teatro Cervantes. Cómo es posible que no se pueda obtener rentabilidad con actividades sociales y culturales en el más que centenario coliseo almeriense, una de las joyas de la ciudad, una de las maravillas de la Almería burguesa. Porque una cosa es el dato y otra el relato, porque una cosa son los cuentos y otras las cuentas. Curro Verdegay ha sido durante estos últimos 18 años, desde que sacó a flote de nuevo ese pecio hundido como heredero de la empresa Sintagmo de Juan Asensio, un Robinson Crusoe, un soñador en una isla desierta orbitando en la calle poeta Villaespesa. Pero no ha podido seguir vadeando entre manglares, entre tantas dificultades económicas. Ha tenido que echar el candado y devolver la llave a la sociedad del Círculo. No se le puede decir que no ha sido valiente porque se ha fajado y ha llenado el centro de la ciudad de vida, de calidad de vida, de opciones de ocio ilustrado; ha llenado el meollo de Almería de buen rollo cultural, de música, de teatro, de humor, de tributos a artistas legendario, de bailes y actos sociales; igual que a esa misma ciudad se le ha llenado la boca reclamando más vida para el centro, más actividades para el centro que después no consumen. Todo para el centro pero sin el centro. Si todos los almerienses que piden más cine, más teatro, más música en el centro hubieran consumido en el Cervantes lo que demandaban, lo que llevan décadas demandando, Curro aún seguiría al frente de la nave del Cervantes de Enrique López Rull.
La historia siempre se repite: desde los griegos no ha pasado nada nuevo en este mundo, en esta ciudad tan hipócrita a veces con lo suyo, con lo más cercano, con lo más palpitante. Le pasó antes a otros teatros y a otros empresarios como Curro: ahí están las cenizas del Variedades bajo los cimientos del edificio del CSIC en el Paseo que se convertirá en residencial de lujo, o el Calderón que estuvo en la Iglesia del Corazón de Jesús u otros como el Principal o el Novedades en el antiguo Paseo del Príncipe. No. Lo que le ha pasado a Curro no es nuevo. Y demuestra que no se puede ofrecer lo que no se consume, aunque se pida con una boca tan grande como pequeño el bolsillo a la hora de consumir lo que se pide. Lo que le ha pasado a David y a Curro es una muesca más en el revólver de que la cultura con mayúsculas no es negocio, como no lo fue para aquel acaudalado empresario Bernardo Campos, en el teatro de su propiedad que había junto a la Plaza del Educador, cuando en el XIX traía la mejor ópera, la mejor zarzuela a aquella ciudad de provincias que no era capaz de llenar una cuarta parte del aforo. Visto lo visto, habrá que seguir escuchando sotto voce el célebre aforismo más almeriense que el indalo: “El centro de Almería está muerto”.