La Voz de Almeria

Opinión

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Recuerdo una escena estremecedora en el film “Gladiator”, cuando Marco Aurelio comunica a su hijo Commodus que el heredero del Imperio será Máximo y no él. Tras intensas recriminaciones y con el rostro repleto de lágrimas, Commodus abraza a su padre contra su pecho hasta asfixiarlo, y después se dirige a la corte con dolor fingido ante la supuesta muerte “natural” de su padre.

Narcisismo herido y cinismo en el ascenso al poder de un gran tirano, que culmina con un llanto que no podía dejar de recordar el pasado 28 de febrero, mientras asistía al autobombo electoral de Moreno Bonilla en la entrega de medallas y títulos de hijo predilecto de Andalucía. Lloró por las víctimas de Adamuz mientras apretaba sobre su pecho a más de 300 mujeres víctimas de los cribados de cáncer de mama, fruto de sus políticas de desmantelamiento de la sanidad pública; a pesar del enorme respaldo social a su candidatura, no consintió dar medalla a la asociación de afectadas AMAMA, ni las nombró.

El Teatro de la Maestranza de Sevilla acogió el papel melodramático de Moreno, pero se le exige otro más institucional y representativo de la sociedad andaluza, que esperaba un pronunciamiento sobre la guerra ilegal que ese mismo día comenzaron Trump y Netanyahu contra Irán, su posicionamiento sobre las bases de Rota y Morón, y palabras sentidas por las víctimas, como las niñas de una escuela bombardeada.

Marco Aurelio, el real, quien no fue asesinado como en el film de Ridley Scott, fue un gran filósofo y basaba su estado vital en el estoicismo, guía práctica constante de serenidad ante el caos, y asumiendo la responsabilidad del poder como deber y servicio al bien común sin perder la humanidad, algo que escasea hoy día y que Moreno desprecia al dejar en el tintero su responsabilidad ante las víctimas de la sanidad pública, verdaderas medallas ausentes de Andalucía.

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