Sirât o el camino
Hay un pecado capital que es la soberbia, origen del resto de los pecados

Fotograma de la película Sirât.
Me siento como una superviviente después de haber atravesado con los ojos cerrados un campo de minas. Así es la catarsis de Sirât. Como Esteban, el niño, quisiera viajar por el desierto en una furgoneta con mi perrita en brazos, alucinando por todo lo que veo a mi alrededor y sobre todo por formar parte de esa familia tan mágica como es la gente de la rave.
Los bafles, la sublimación de la música electrónica, el movimiento orgánico y la energía liberadora a través de la música. Cómo molan. No hacen daño a nadie, solo bailan y recorren la tierra en busca de otra fiesta en la que volver a sentir esa energía colectiva. Que lo pete a tope.
Sin embargo, las fuerzas represoras aparecen y lo fastidian todo. El apocalipsis se acerca y al final nos unimos a otros supervivientes que van huyendo de otras guerras y somos uno más sin diferencias por religión, sexo o raza.
Viví otro momento catártico con La asistenta. Cuando el hombre sube las escaleras de manera amenazante reviví una escena de mi vida anterior. El principio era el mismo: cada acto tiene su consecuencia, sentencia el hombre. Entonces no era consciente de que ese simple hecho iba a suponer un punto de inflexión en mi relación.
La confianza, el respeto, habían saltado por los aires. Hay cosas que quiebran un vínculo para siempre cuando se traspasan esos límites invisibles. Pero me habían erigido culpable. Y yo me castigaba por mirar ahora de otro modo a ese hombre. Incluso fui a confesarme creyendo que eso mejoraría la relación, pero la relación ya estaba muerta. Era irreversible.
Hay un pecado capital que es la soberbia, origen del resto de los pecados, porque como dice Oliver Laxe, ese pecado te impide ver cómo eres, reconocer tus errores y pedir perdón a tus semejantes. Te sientes por encima de Dios.