La Voz de Almeria

Opinión

El pueblo de España que mejor sabe esperar está en Almería

Un fielato anacrónico, inverosímil, inexplicable, divide aún a un pueblo que palpita frente a la feraz vega de naranjos

Paso a nivel en el centro de la Villa de Gádor.

Paso a nivel en el centro de la Villa de Gádor.

Manuel León
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Llámenme ventajista ahora que la tragedia del tren está en la cabeza de todos; llámenme oportunista, pero lo cierto es que la clase dirigente que gobierna esta península vieja se ha olvidado de Gádor -lleva décadas olvidándose de Gádor- cuando permiten que aún exista en un extremo de España, que huele a azahar en primavera, algo tan decimonónico como dos pasos a nivel con barreras y unos raíles que rajan el pueblo como el surco de un arado bíblico.

Esta podría ser una crónica bucólica: ese entrañable paso a nivel gadorense que es como una pausa obligatoria en la vida del pueblo, un paréntesis donde el tiempo se acomoda al ritmo de los raíles; cuando baja la barrera, todo el mundo aprende a esperar. Los autos frenan, las bicicletas se detienen con un pie torcido sobre el pedal, esperando ver pasar el espectáculo del tren de Granada; en el paso a nivel se cruzan todas las historias de Gádor, tanto el del Ruiní como el del centro del pueblo: la madre ajusta la mochila a su hijo camino del colegio, el camionero masculla una queja por la espera; hay un silencio particular, una calma expectante; cuando aparece el tren, la gente cuenta los vagones y el maquinista saluda con la bocina y algunos gadorenses devuelven el saludo levantando la mano; el paso a nivel es frontera y encuentro, divide el pueblo naranjero en dos, pero también lo une en esa demora compartida aprendiendo paciencia. Cuando la barrera vuelve a subir, Gádor retoma su curso frente al restaurante La Reja, los motores arrancan, las bicicletas avanzan, los pájaros cantan, con una sensación de haber participado en un ritual antiguo que sostiene la memoria del lugar, como una metáfora de que todavía hay momentos en los que el mundo nos pide detenernos y mirar pasar el tiempo.

Y esta es la crónica real: Los dos pasos a nivel -se eliminaron el de Niño Hermoso y el del trágico accidente de 1994- interrumpen la vida de ese pueblo de Andarax y provocan retenciones, retrasos y desvíos poco prácticos; aunque las barreras están diseñadas para prevenir accidentes, no eliminan completamente el peligro; afecta también al transporte público y sanitario y a la organización de actividades sociales. Apuntaba ayer Lourdes Ramos, alcaldesa de la Villa sin Corte, que hay casos que una ambulancia o los bomberos ante una urgencia no han podido aguardar y han tenido que ir hasta Alhama para bajar a Gádor. La planificación urbana se ve afectada, ahogada, también por la presencia de la vía férrea y afecta a la movilidad.

Lo cierto es que Adif lleva a cabo programas por toda España de supresión progresiva de pasos a nivel, aunque de Gádor lleva años olvidándose, a pesar de que ha pagado con sangre en un accidente con siete muertos, cuando una locomotora arrolló a una ambulancia en el paso a nivel en 1994.

La eliminación de estos puntos negros que tanto se ha demandado es un problema de voluntad política y de inversión. Se habló de un proyecto de desvío de tráfico por la Vega que no convenció a casi nadie; pero existen otras alternativas como se hizo en Benahadux, trazando un paso inferior para los vehículos, en una especie de cajón. Sin embargo, los cantos de sirena hablan de que Adif estudia un nuevo trazado ferroviario para evitar perforar las entrañas de Gádor, pero sin fecha y sin dinero. Mientras tanto, la sala de estar de Gádor, la columna vertebral de este pueblo pequeño pero digno como el tronco de sus naranjos, sigue horadada por una vía por la que unos van, otros vienen y los gadorenses se la comen. 

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