La película de 'Los domingos'
Me emocioné, lloré, fue una catarsis

Fotograma de 'Los domingos'.
Desconocía hasta qué punto me iba a afectar la historia de “Los domingos”. Sin embargo, necesitaba verla. Me senté en un lugar cómodo dentro de la sala. No tenía a nadie delante y la distancia a la pantalla era perfecta, como a mí me gusta. Es un honor y un privilegio ver una película en el cine, en la gran pantalla. Entonces sí que puedes meterte en la película.
Me emocioné, lloré, fue una catarsis. Un efecto purificador que sentí al final, cuando se acabó y yo seguía en el asiento sin querer levantarme. Es verdad que siempre me quedo hasta que la pantalla se ponga blanca y deje de sonar la música y de pasar los títulos de crédito. Pero esta vez era diferente. Sentía unas ganas de llorar tremendas. Deseaba que saliera de mí todo lo que soy y terminar nueva, vacía, sin que nada ni nadie me perturbara.
Quizá de esa manera podría volver a creer en Dios. El Dios que me enseñaron las monjas era un Dios represor, castigador. Era un Dios que si te quería era a base de tu temor a Dios. Cuántos pecados y penitencias infligidas rezando de rodillas siendo una niña inocente, sea en la iglesia, sea en la capilla de las monjas.
En la adolescencia me liberé de ese Dios. Y con mi propio raciocinio, encerrada horas y horas en mi habitación, llegué a la conclusión de que no existía. Abracé un ateísmo radical, todavía con reservas porque hasta mis propios pensamientos me daban miedo por temor a que ese mismo Dios del que renegaba me castigara.
Recuerdo ese verano en el que no quería salir a la calle ni contarles a mis amigas nada de lo que me ocurría, tanto por miedo a no ser comprendida como por sentirme un bicho raro. Pero la principal razón creo que es que la relación con Dios es un asunto tan íntimo y personal que solo les atañe a Dios y a ti.
Qué ganas tengo de creer en Dios.