La Voz de Almeria

Opinión

Perder el respeto al maestro

Una sociedad que no valora ni admira a sus maestros está condenada, irremediablemente, al fracaso

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Si me perdonan la excentricidad, voy a mencionar brevemente al poeta griego Hesíodo, que alcanzó la fama cantando a la paz mientras Homero cantaba a la guerra. O al menos eso recuerdo que nos contaban en clase. Pongo sobre la mesa el busto del escritor clásico para recordar que “la educación -la frase es del ilustre, no mía- ayuda a la persona a entender lo que es capaz de ser”. Y francamente, en vista de cómo está siendo educada nuestra alegre mocedad, da un poco de vértigo pensar en lo que algunos se sientan capaces de llegar a ser. Apoyaré mi impresión personal en la solidez del dato: el Sindicato Independiente de Educación Pública (ANPE) acaba de presentar su informe anual del Defensor del Profesor, en el que se revela que las principales lacras de los docentes son los insultos y amenazas recibidas, ojo, “tanto por parte de alumnos como de padres”. No es por nada, pero en los tiempos en los que a uno le intentaban meter en la cabeza lo de Hesíodo y toda la pesca grecolatina, una nota desfavorable de un profesor suponía, en mi casa y en las de mis compañeros, el preludio de una borrasca doméstica llena de calamidades y padecimientos. En esos tiempos, la figura del profesor no sólo estaba cargada de lo que los romanos llamaban “potestas”, sino también de la “auctoritas” necesarias para que resultase imposible intentar encontrar en casa aliados a mi causa. Lo había dicho don Fulano y lo que decía don Fulano o el Hermano de turno (aunque el tal don Fulano o el Hermano de turno fueran unos cabrones con pintas) iba a misa. Treinta años de educación marchosa después, los maestros no son respetados ni en clase ni en casa. Y eso es un pésimo negocio, porque una sociedad que no valora ni admira a sus maestros está condenada, irremediablemente, al fracaso. Sigan leyendo las páginas del periódico y verán que no me equivoco.


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