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Opinión

Teoría sobre el victimismo cañillo

Teoría sobre el victimismo cañillo

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No se equivoque el corrector.  La palabra no es cañí sino cañillo, una evocación típicamente sentimental   de la fuentecilla de Puerta Purchena, centro de la ciudad y por tanto centro de todos nuestros pasos.


Se han dicho de ella mil cosas. Si no bebes de su agua no eres almeriense,  no entiendes ni jota sobre  la idiosincrasia  de este pueblo y, para colmo de males, no tendrás suerte en el amor. Del cogollo de esta filosofía nace la propensión a sentirnos discriminados.


Si vamos  a la verdad histórica, muchas  de las circunscripciones que hoy llamamos provincias fueron fruto de algún administrativista  a quien no le quedó otro remedio   que tirar de lápiz sobre un mapa imaginario. ¡La de  follones  que ha ido creando ese lápiz!


Tenemos bastante con los catalanes para sentirnos ofendidos por cualquier cosa. Si encima vamos a crear otra Diada en cada  villorrio, buena la llevamos. Les supongo a ustedes bien enterados  acerca  de la última explosión de paletismo victimista porque  a la señora Susana Díaz no se le ocurrió meter en su equipo de gobierno a un consejero almeriense. La verdad es que pudo meter  a un nacido  en Honolulú pero residente en Viator. Pero no lo hizo y estalló la tormenta. 


Surgieron las plumas más  reivindicativas que jamás apostaron por la autonomía. En  los días de la globalización y de las  tecnologías que cruzan al segundo el planeta, aquí  parece que estuviéramos dejados  de la mano de Dios. Oye, que no se enteran. Que no pintamos nada  ante la Junta. Y todo ello porque no disponemos de un consejero en el Gobierno autonómico.


El  síndrome cañillo nos tiene atenazados. Me pregunto por qué se quiso hacer aquí una autonomía uniprovincial al margen de Andalucía. Alguien sugirió la unión con Murcia.   Mi teoría es que deseaban seguir mandando en esta provincia los que mandaron siempre.


El grito electoral “Andaluces, este no es vuestro referendum” ¿qué llevaba dentro? Al trasladarse el poder a Sevilla, puede que los almerienses nos sintamos algo alejados pero de ningún modo “arrumbados”, como dice Fausto.


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