Mitrofán
Mitrofán
Mis primeras palabras me salen del corazón para expresar mi afecto y mi felicitación a todos los españoles. Quiero compartir con vosotros ideas y pensamientos nobles, de hondo calado. Vivimos tiempos complejos y difíciles, desafíos que van desde la lacra del terrorismo o la crisis económica, pasando por el cambio climático o el injusto maltrato a los animales. En estas fechas tan entrañables recuerdo con especial emoción, junto a mi familia, a todas las víctimas del terrorismo y a sus familiares, que cuentan con nuestro apoyo, solidaridad y afecto, así como el de toda la sociedad española. Acabar con el terrorismo desde el imperio de la ley, la acción de la justicia, la sacrificada entrega de los cuerpos y fuerzas de seguridad y la cooperación internacional, es un objetivo de todos los demócratas en defensa de la libertad y de los más elementales derechos humanos. Igualmente sucede con la protección del medio ambiente y de las especies que lo habitan. Debemos impedir la contaminación, el maltrato y exterminio de los animales, gratuito y reiterado, tanto en fiestas populares como en distracciones cinegéticas. Por ello, y para mover vuestra sensibilidad, quiero contaros la historia de Mitrofán.
Mitrofán era un oso pardo de la región rusa de Vologda, famosa por la cremosidad de su mantequilla. Fue recogido por el hombre en el bosque cuando era todavía un osezno. Creció en la aldea de Novolenskoya, a 500 Km al norte de Moscú, y era descrito por los lugareños como un animal alegre y tranquilo. Estaba realmente domesticado. Su dueño lo tenía dentro de una jaula de seis metros cuadrados, que usaba como entrenamiento de perros de presa; se acercaban a ella y olían al plantígrado como paso previo a las batidas. Quizás por ello, al oso le asustaban los perros y prefería a los niños que iban a la jaula y le daban de comer; le pirraba sobre todo la miel. Mitrofán tenía ya cuatro años y pesaba 120 kilos. Pero un buen día de agosto de 2006 fue emborrachado, según parece, por orden del gobernador de Vologda, gran amante de la caza. Le suministraron buena dosis de su miel preferida mezclada con vodka, y así, medio adormecido, le llevaron al epicentro de una cacería en el poblado de Limónovo, organizada en honor de una testa coronada que se encontraba por esos días de visita privada en la zona, hospedada en el hotel del Urogallo, a pocos pasos de la medieval montería. El caso es que colocaron al pobre beodo junto al monarca, quien lo abatió de un solo tiro.
Así acabó sus días el desgraciado Mitrofán, santo varón. Quienes reprueban el episodio argumentan la falta de ética e indignidad en el uso de animales domésticos para las batidas cinegéticas. Y yo me sumo a estas proclamas y a todas las que luchan para que los animales vean su dignidad reconocida. Dignidad que incluye el derecho a una muerte digna.