La Voz de Almeria

Opinión

El alcalde de Almería que le ha declarado la guerra a los más marranos

Los vecinos de esta provincia necesitan de sus alcaldes y concejales más mocho y jabón y menos escaparate; un Ayuntamiento no es una una cuenta de Instagram; a veces se olvida pero gobernar es, por encima de todo, servir (servir para algo)

Antonio Bonilla, alcalde de Vícar desde hace 23 años.

Antonio Bonilla, alcalde de Vícar desde hace 23 años.

Manuel León
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Hay excepciones -como una señora de Cuevas llamada Gloria que llamó ayer a la SER para quejarse de que los barrenderos del pueblo le barren mucho su puerta (sic) desde las 6 de la mañana y que no la dejan descansar- pero uno no patina mucho si asevera que una de las cosas que más valora un vecino es que su alcalde y sus concejales se preocupen para que las calles sean una patena. Es la principal obligación de un político local, elegido para eso: para tener el pueblo limpio, por encima de otras cosas, por encima casi de todo. Por eso, somos mayoría, intuyo, los que pensamos que más escoba y jabón y menos escaparate. Porque gobernar un Ayuntamiento es algo más que una cuenta de Instagram. No se pueden fotografiar los alcaldes y concejales de nuestros 103 pueblos cada vez que van a la perrera, cuando inauguran un curso de ganchillo, cuando cortan la cinta de la feria de la cerveza, cuando acuden como padrinos de una nueva churrería. Se han convertido últimamente los munícipes -quizá no tan últimamente- a Levante, a Poniente y al centro, en actores principales de interminables book de fotos que después se reproducen por tierra mar y aire. La propaganda ha existido siempre, desde Trajano y Adriano, desde que los gobernadores del Régimen giraban visita a Tahal o Los Gallardos para inaugurar el nuevo mercado de abastos o una fuente de agua potable. Pero en los tiempos actuales, uno tiene el pálpito de que esta exposición in crescendo se ha ido de las manos.

Más mocho y menos píxeles es lo que uno intuye que necesitan nuestros pueblos y ciudades. Porque no es verdad que quien no sale en la foto no existe. Un alcalde que no se prodiga mucho en los focos y sin embargo existe mucho y lleva 23 años recibiendo lluvia de votos en su pueblo es Antonio Bonilla Rodríguez. Bonilla, de 71 años, fue cocinero antes que fraile, antes que alcalde fue senador y secretario de Organización del PSOE, en los tiempos del edificio Trino, el Santoscerdán del socialismo provincial, pero sin trincar (que se supiera). Debe ser un alcalde querido, Antonio; al menos es un alcalde votado, una rosa roja en un islote rodeado de un mar azul cuajado de gaviotas. Es, Antonio, el Amat de Vícar; o, quizá, es Gabriel, el Bonilla de Roquetas. Los dos comparten ascendencia alpujarreña; los dos son graneros de votos para sus respectivas siglas.

Alberga 30.000 vecinos ya Vícar, ese puebla y ese pueblo nuevo, cosido bajo el cañamazo de familias de colonos que fueron llegando a cultivar la tierra y que ahora van de compras a Porcelanosa donde estuvo el Cerrillo de los Vaqueros; es Corazón del Poniente, Vícar -exitoso eslogan de Bonilla- y supera ya en habitantes a poblaciones rebosantes de rancio abolengo como Adra, Berja o Vera. Vícar es así: nuevo como un amanecer, práctico, callado pero eficiente, con un PIB que no para de crecer. Un cañón parece Vícar. Y no son solo invernaderos, también es la fascinación de La Envía, como una Arizona urcitana. Cuentan los más románticos vicarios que donde hoy se ubica Vícar estuvo situada la población árabe de Abqar, que significa, en esa lengua, Lugar del que proceden los sueños.

Decía más arriba que los vecinos quieren, por encima de todo, que su ciudad, que su pueblo, esté limpio, que no sea un muladar. Y Bonilla -con su cara de maestro de Primaria, con su movimiento continuo de manos, con su emoción cuando habla- también se ha puesto las pilas en este capítulo y ha declarado la guerra a los marranos de su pueblo, a los sucios, a los menos aseados, a los que no se comportan con decoro. Ha aprobado una ordenanza de limpieza con sanciones contundentes y ha hecho balance: en 2024 ha puesto 114 denuncias con un importe medio de 2.000 euros por multa y una recaudación global de 228.000 euros. La nueva normativa de Economía Circular y de Protección de Espacios Públicos ha hecho mella y en el primer trimestre de 2025 solo se han contabilizado 13 denuncias en el pueblo, que hablan del civismo aprendido de los vicarios este nuevo año. Cada vecino no puede llevar un barrendero detrás, pero es función de nuestros concejales y alcaldes, por encima de otras distracciones más glamurosas, hacer pedagogía, aunque sea una pedagogía elemental, para que Almería sea una provincia higiénica, pulcra, impecable. Porque eso también genera más ingresos por turismo y porque los nativos también viviremos más confortables. A eso, a jabón y a baldeo, es a lo que los almerienses quieren que se dediquen los impuestos que pagan. Creo. 

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