Goya y el infante Don Luis
Goya y el infante Don Luis
El palacio Real de Madrid acaba de clausurar una estupenda exposición sobre la figura del infante Don Luis, el menor de los hermanos del rey Carlos III, hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio, paradigma del mecenazgo en la Ilustración española. Una figura controvertida en su tiempo, libertino y exquisito, que supo rodearse de una corte de artistas –músicos, pintores y arquitectos- de los más significativos en la Europa de la época.
Entre ellos estaban –ni más ni menos- Ventura Rodríguez, el compositor italiano Luigi Bocherini, que parió allí la celebérrima Música nocturna de Madrid, y Francisco de Goya, que le hizo un grupo de retratos familiares espléndidos antes de ser pintor del rey, cuando su carrera en la corte estaba recién empezada.
Al poco de nacer, el infante don Luis fue dirigido hacia la carrera eclesiástica y con tan solo ocho años, en 1735, lo nombraron arzobispo de Toledo. En su juventud descubrió pronto los deleites del arte y las mujeres; en 1754 renunció a todos los cargos religiosos. Tras la muerte de sus hermanos mayores Luis I y Fernando VI -habían reinado ambos muy brevemente-, aspiró al trono, motivo por el que su hermano Carlos III le obligó a casarse con una plebeya y alejarse –con esta excusa- de la corte.
En 1784, un año antes de su muerte, Goya lo retrató junto a toda su familia –esposa, hijos, sirvientes y artistas- en el palacio de Arenas de San Pedro, confinado en el destierro que le habían impuesto. El cuadro –imponente- es una obra clave en la evolución del pintor aragonés, pues marca un punto de inflexión entre el artista cortesano y el artista librepensador, romántico y moderno. Obra tragicómica y crepuscular, entre la sátira y la melancolía, donde todos los personajes parecen estar ensimismados, en su mundo interior.
Resuelto con una técnica libre y abrupta en ocasiones, breve y con premura, como si tuviera que acabarlo con urgencia, denota algo que el pintor ya no podía ocultar: no servía para el retrato de aparato cortesano, tan alejado de su temperamento. Esta duplicidad, entre el deseo de contentar al comitente y explayar su talento, es la mayor fascinación que rezuma el cuadro, y hace de Goya –en fecha muy temprana- paradigma de lo español en pintura, por la rudeza inmisericorde y una sincera observación de la realidad, sin la menor floritura, que no puede disimular. Dominando la imagen, en el centro, está su jovencísima esposa María Teresa. El infante está a su derecha, junto a una mesa, haciendo un “solitario” con una baraja de naipes españoles. Alrededor la pléyade de sirvientes y el propio pintor que se autorretrata pequeño y ensombrecido, en el ángulo inferior izquierdo.
No existe la menor comunicación entre ellos, ni tan siquiera de miradas. Un hálito de fatal desenlace, nocturno y teatral, transita toda la pintura. Una auténtica obra maestra, tanto tiempo incomprendida.