El fin del mundo
El fin del mundo
Estos días he sido muy reacio a escribir sobre la profecía o cálculo escatológico del calendario de los mayas. Me parecía que era perder el tiempo y navegar con viento nada propicio, pero a la vista de la dimensión mediática que ha tomado la noticia me obliga también a echar mi cana al aire. Para empezar debemos partir del hecho histórico de que a los mayas les llegó ya su fin del mundo al ser invadidos por otras culturas más potentes que propiciaron el hundimiento de sus dioses.
Hoy el fin del mundo tiene otras connotaciones. Se ha convertido por obra y gracia de la crisis en un vulgar negocio del alma. En un pueblecito francés miles de peregrinos pasaron la noche de ayer esperando el cataclismo universal rodeados de comida y otros enseres como linternas y mantas y relojes.
Por América se han puesto de moda los bunker contra la radiación nuclear y otros difíciles escondrijos. Y aquí, ya ven, esperando con toda la familia a que se rasgaran los cielos para asistir en directo al espectáculo bíblico.
“Dies irae, dies illa”, como dice el himno fúnebre. Sin embargo, una vez más todo ha sido una trola bien orquestada para que la gente convierta su miedo al juicio en un excedente de gasto navideño. Ni los consejos disuasores de la NASA, ni las experiencias de las respectivas iglesias, ni los saberes de los estudiosos del espacio valieron para calmar al hombre de la calle ya de por sí atemorizado por otros sustos más cercanos y directos. Así que no estamos para sustos. Ya tenemos bastante con los que nos da la prima de riesgo.