En la palmera más alta de la Plaza Vieja
En la palmera más alta de la Plaza Vieja
De no haber muerto, hoy Rosita Cienfuegos habría cumplido noventa años. Mi abuela materna fue la única hija de Baltasar Cienfuegos y Conrubia, de la aristocracia cubana, allí mi familia amasó fortuna con los cafetales y el tráfico de esclavos, pero Baltasar acabó sus días en Almería arruinado por las deudas del juego, nadie sabe muy bien sí se ahorcó por la vergüenza con la que arrastraba su miseria o por intentar la última apuesta que le quedaba por perder.
Rosita Cienfuegos quería verme antes de su muerte, tuve que regresar de Sydney después de cuarenta años sin poner los pies en Almería, bajo la promesa de heredar la biblioteca de su abuelo, poeta florido de escasos recursos y lector empedernido de los clásicos griegos. A nadie debía de haber interesado, los más de dos mil volúmenes que apilaban en la biblioteca del caserón destartalado de varias plantas, con fachada a la calle Mariana y a la espalda del Ayuntamiento. La abuela fue una mujer taciturna, le sobraban las ínfulas nobiliarias e inventaba sin ningún pudor un pasado glorioso que ella ni tan siquiera llegó a conocer.
A los pocos años de la independencia de la isla, los Cienfuegos regresaron a España, mal vendieron los cafetales, pero aún conservaban parte de su riqueza, una esclava negra y su hijo, un gigante corpulento que siempre estuvo a cuidado de Baltasar Cienfuegos, nacido en el barco poco días antes de llegar a Canarias. Aquel nacimiento en el mar, debió de ser un mal presagio de su vida inestable y de un futuro sin esperanza, peor que el de los náufragos en medio del océano.
Aurelio Almeida, el esclavo negro, aprendió a escribir de escuchar la institutriz de Baltasar y lo que él desaprovechaba con frivolidad al otro le benefició. Nunca cambio su lealtad al amo a pesar de sus desventuras y las desgracias bien merecidas que las cartas y otros juegos de azar le procuraron. Alicia de Mendoza una desvalida y apocada muchacha, Condesa Istán y más pobre que las ratas, casada por conveniencia de sus padres con el díscolo Baltasar, acusó a Aurelio Almeida de haber robado el toisón de oro y de diamantes, valorado en una fortuna. El infeliz, siendo un siervo y negro, no pudo desmentir la palabra de la condesa y dio con los huesos en la cárcel hasta el final de sus días y sí sabía donde estaba la joya de incalculable valor, se llevó su secreto a la tumba y a la tierra volvieron el oro y los diamantes, de donde nunca debieron de salir para no dejar la huella del último orgullo de un linaje con una sangre menos noble que sus altisonantes apellidos.
Cuando dimos sepultura a Rosita Cienfuegos, un par de primos y una amiga de la abuela a la que ya no recordaba, regresé al caserón de la calle Mariana y descansé toda la tarde en la misma cama en la que había muerto mi abuela y mis padres, ahora que caía en la cuenta.
Después subí a la segunda, planta allí estaba la biblioteca, cogí una pequeña escalera y revisé aquellos libros empolvados y en desuso, cogí la Tragedias de Esquilo y las Fábulas de Esopo, casi se deshacen entre mis manos, pero la encuadernación de la Odisea se mantenía en buen estado, abrí el libro de Homero y al hacerlo encontré una pequeña libreta de un papel cobrizo. Era el Diario de Aurelio Almeida, las piernas me temblaron y tuve que bajar de la escalera, quité la sabana blanca que cubría el butacón de la abuela y fui hasta las paginas del final, tenía el presentimiento que acaba de descubrir el destino del toisón de oro y diamantes.
El cimarró