¿Cultura y Educación falangista?
Merecemos mejor suerte.

El pasado martes 16 de noviembre la Biblioteca José María Artero celebró un acto dentro del programa del área de Cultura y Educación del Ayuntamiento de Almería. Fue la presentación de un libro sobre la Falange local entre 1933 y 1939. El anuncio llamó mi atención, ya que no sólo he escrito un libro sobre ese tema (Miserias del Poder. Valencia, PUV, 2013) sino también artículos y comunicaciones. La decepción llegó cuando comprobé que el autor no era historiador –es administrativo– y su mayor mérito para escribir la obra era haber sido delegado provincial de FE-JONS entre 2014 y 2017. Un texto que, además, ha sido publicado en una editorial de autoedición y, por tanto, no ha sido valorado por profesionales para enjuiciar su validez científica. El único requisito que ha cumplido es que el autor ha abonado los gastos de publicación. Para completar el cuadro, el acto tuvo como presentador a Norberto Pico, jefe nacional de Falange, quien junto a un periodista actuó como maestro de ceremonias. Finalmente no asistí al mismo aunque sí lo hizo el concejal de Cultura y Educación don Diego Cruz.
No obstante adquirí la monografía. El escrito es un relato de los “mártires de la democracia” no un trabajo científico. No es el momento aquí para analizarlo, tan sólo diré que no cumple los estándares de la historiografía democrática y científica sobre el problema.
¿Qué ha ocurrido para que un partido como el PP se preste a este enjuague con Falange? ¿Son éstos los valores culturales y políticos que pretende promover el Ayuntamiento de Almería? ¿Qué ha ocurrido en la cultura y medios almerienses para que el hecho pase sin escándalo alguno?
A riesgo de simplificar diré que en los últimos años hemos asistido a una degradación sin precedentes del ambiente político y cultural así como de la cultura historiográfica en nuestra tierra. Un ambiente copado no por profesionales responsables sino por polemistas que hacen de la historia un juguete para la confrontación. La ofensiva cultural contra el monumento a los Coloraos es un ejemplo. Sólo en un clima enrarecido como éste, un alcalde elegido democráticamente puede prestar voz al fascismo en dependencias municipales sin el menor sonrojo.
La responsabilidad de esta degradación del debate histórico en la esfera pública está repartida. Los historiadores profesionales, ensimismados en nuestros quehaceres, hemos hecho dejación en la tarea de divulgar y dar criterio al debate público. La prensa no ha exigido los requisitos mínimos, desde un punto de vista científico, para publicar artículos sobre historia y memoria. Abundan los relatos nostálgicos, no la historia crítica. Los políticos han avivado la guerra cultural fomentando la polarización. Finalmente los ciudadanos alimentamos esa nostalgia acrítica y toleramos el estercolero de odio en las redes –un lugar en el que halagar lo nuestro y vejar o humillar al que piensa y siente diferente. El resultado es una opinión pública febril en el que el discurso fascista se acepta: un retroceso monumental.
Merecemos mejor suerte. Los liberales y conservadores almerienses no deben tolerar ningún tipo de blanqueamiento o apaño con el falangismo. Hay luchas en las que nos va el alma. Los demócratas, sea cual sea su ideología, deben situarse enfrentados al fascismo y sus epopeyas. Necesitamos una historia plural y cívica, unos responsables públicos con firmes valores democráticos, una programación de Cultura y Educación íntegra y una sociedad que demande y defienda el rigor de la ciencia histórica.
Ahora, si por contra lo prefieren, pueden insultar.