55 días en El Aiún

En aquellos lejanos tiempos en los que en Almería solo era posible ver una única película en televisión los sábados por la noche, recuerdo el entusiasmo con el que mi abuelo me habló un domingo sobre la proyección la noche anterior de 55 días en Pekín, el filme de Hollywood en el que se narra con tintes de epopeya la defensa de la zona de las embajadas por una fuerza multinacional durante la rebelión china de los bóxer en 1900. Como profundo nacionalista, le había emocionado especialmente la breve escena en la que la bandera española ondea al viento junto a las del resto de potencias occidentales y especialmente aquella en la que Alfredo Mayo, en el papel de nuestro embajador, sin fuerzas armadas de ningún tipo a su disposición como los demás representantes diplomáticos, elige quedarse con el resto sobre la base de que España siempre cumple sus compromisos.
Recuerdo que al lunes siguiente discutimos el asunto en clase de Historia y llegamos a la conclusión de que se trataba de una exageración propia de Hollywood, ya que con la arrogancia que da la ignorancia hasta nuestro joven profesor estaba seguro de que en 1900 España no estaba para esos trotes. Solo mucho más tarde supe que la película no era fiel a la participación española en el episodio, no porque hubiera exagerado la misma, sino porque la habían minimizado, ya que realmente fue nuestro embajador quien encabezó las negociaciones por ser el decano del cuerpo diplomático en Pekín y el que gozaba de más influencia en la corte.
Poco antes de esa proyección, en Almería habíamos vivido muy de cerca un episodio bastante traumático relacionado con nuestra política exterior, como fue la famosa Marcha Verde y el abandono precipitado del Sáhara Occidental propiciado por esta. Dicha época es lo más cerca que he estado hasta ahora de vivir una guerra. Por sus características de plaza militar y su cercanía al Norte de África, en nuestra ciudad se vivió el potencial conflicto de forma muy intensa, especialmente entre los meses de octubre y noviembre de 1975. Así que cuando todo terminó de forma más o menos pacífica para nosotros, respiramos aliviados.
Sin embargo, creo poder afirmar sin miedo a equivocarme que un complejo de culpa se instaló en gran parte de la sociedad, desde muchos altos mandos militares al último joven de una capital de provincia. En aquella ocasión, no habíamos cumplido con nuestra obligación internacional encomendada por los organismos supranacionales y dejamos en la estacada a una población que hasta entonces era nominalmente española. Cierto es que España se encontraba en una situación imposible, con un cambio de régimen en marcha y enfrentada a Marruecos y Mauritania, quienes contaban con el apoyo de Estados Unidos y Francia. Pero a pesar de esta evidencia, la sensación de haber fallado se instaló en la conciencia de muchos.
Desde entonces, siempre he pensado que con mi generación acabaría ese sentimiento hacia el pueblo saharaui. Pero hoy creo constatar que esta idea de estar en deuda con ellos permea a las generaciones. Quizás sea una muestra de que en los españoles hay un mucho de Sancho, pero también un poco de Quijote y no somos capaces de abandonar una causa que consideramos justa, aunque parezca perdida y pueda perjudicar nuestros propios intereses.
Este sentimiento no va en menoscabo del respeto y del interés que muchos sentimos por el Reino de Marruecos. Sin perjuicio del escalofrío que hemos experimentado al ver las escenas de menores jugándose la vida por llegar a Ceuta, la geografía y la historia marcan que entre el Norte de África y el Sur de España es imprescindible mantener relaciones de buena vecindad en beneficio mutuo.
Pero eso no es obstáculo para tener interiorizado que en aquellos meses de 1975 no estuvimos a la altura del embajador Cólogan.