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Opinión

El fútbol, el debate político y lo imprevisible del resultado

El fútbol, el debate político y lo imprevisible del resultado

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No sé si el maridaje es correcto, pero a mí me lo parece. Un partido de fútbol y un debate político son acontecimientos imprevisibles, únicos, cuyos resultados, en la mayoría de los casos, difícilmente se pueden predecir. Y esto es lo que les da buena parte de su interés. Escribo esto el día treinta de julio, tras haber repasado los dos debates entre Rodríguez Zapatero y Rajoy en 2008 y haber visto el día anterior cómo nuestra selección olímpica de fútbol había perdido con Honduras (0-1). Ambos hechos me han sugerido esta relación.


Los participantes de uno y otro acontecimiento tienen la sensación de estar en orden de batalla, dispuestos siempre a derrotar al adversario; en el debate, el vencedor es aquel que logra atraer a más votantes, el que sea más convincente; para lo cual forzará la maquinaria tanto de los datos como de los recursos lingüísticos con objeto de hacer un uso tal de ambos que les permita que sus argumentos resulten demoledores; en el caso del fútbol, el ganador es el que más goles hace; para ello, se arbitrará todo tipo de estrategias grupales, de esfuerzo físico, de habilidades personales o de concentración con el fin de conseguir el mejor resultado, que no es otro que la victoria ante su adversario. En un caso, pueden ser los argumentos el arma arrojadiza; en el otro, por ejemplo, una buena aplicación de las tres “pes”: presión, posesión y profundidad.


El resultado, en ambos casos, decíamos, es impredecible por el número de incidencias que puede transformar las actuaciones previstas, los ensayos previos, las experiencias anteriores. No obstante, al final, ese resultado es producto de un algo; tiene sus motivos.  Es verdad que antes del inicio los combatientes han ensayado concienzudamente cuál ha de ser su actuación, cómo la han de llevar a cabo o cuáles son las debilidades de sus adversarios y las tácticas que se han de seguir. Así, el expresidente Zapatero –entonces sin ex–­ ha de defender su gestión de los últimos años y el líder de la oposición deberá intentar destruirla y proponerse como alternativa; el candidato popular tendrá que dar una imagen más progresista, que sea capaz de ganar el voto de centro pero sin perder su ideología: defender la imagen de España, el liberalismo económico, la autoridad, etc. Por otro lado, la selección española de fútbol ha de tener claro cómo ha de atacar, cómo ha de presionar a su rival y en qué parte del campo, cómo ha de iniciar los contraataques, etc. etc. En uno y en otro espectáculo, todo está dispuesto antes de comenzar, incluso es posible que haya un favorito entre los seguidores y en la prensa.


Los motivos por los que Zapatero ganó a Rajoy fueron varios, entre ellos porque en los momentos retóricamente más importantes respondió mejor, estuvo más acertado que su oponente; también lo superó  a la hora de terminar sus turnos, sus últimas palabras antes de que le tocara a su rival hacerlo (los famosos cierres de turno); quienes están en estas cuestiones saben lo importante que es disponer de la última intervención. Así mismo, el expresidente estuvo más constructivo que Rajoy y mostró una mayor seguridad. Su estrategia fue mejor y su chispa en ese momento apareció con más facilidad que en su adversario; encontró el argumento preciso en el momento preciso, y por eso venció en los dos debates. También fueron varios los motivos por los que Honduras ganó a España en ese domingo aciago del mes de julio; acertaron con el gol, tuvieron

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