EASTBOURNE
En estos tiempos en los que, hasta que la pandemia lo impidió, nos hemos convertido en viajeros empedernidos, es difícil evocar el efecto que ejercieron en los niños almerienses los primeros desplazamientos veraniegos al Reino Unido organizados a principios de los setenta. Gracias al recién estrenado aeropuerto de Almería, desayunabas en una cerrada y agobiante ciudad de provincias del tardofranquismo, almorzabas en la eclosión cultural y étnica del Londres post imperial, y cenabas en el ambiente cosmopolita de cualquier colegio internacional del sur de Inglaterra. Todo un periplo vital en veinticuatro horas, para el que, con doce años de vida, no te habían preparado los fines de semana paseando por el puerto, los ejercicios espirituales en Aguadulce o los campamentos de la OJE.
Como muchos coetáneos almerienses, mi destino durante varios veranos fue la ciudad de Eastbourne, de un tamaño y una población similares a la nuestra, pero con notables diferencias que llamaban poderosamente nuestra atención. Los equipamientos públicos, el nivel de vida, las infraestructuras, el cuidado del entorno y la apertura en las costumbres estaban a años luz de las que acabábamos de dejar atrás.
Pasaron los años y siempre que viajaba al Reino Unido intentaba hacer una escapada y visitarla de nuevo. Y, paulatinamente, fui comprobando como aquella brecha iba siendo cada vez más estrecha. En mis últimos desplazamientos tuve la impresión de que estábamos ya muy cerca de cerrarla. Para mí, la clave de este salto de gigante residía en el espectacular proceso de apertura económica y social al exterior tanto en mercancías (liderados por los sectores de la agricultura y la piedra natural), como en menor medida en servicios (turismo de masas y turismo residencial) que generó la economía provincial entre finales del siglo XX y principios de éste.
Aunque llevo mucho tiempo sin visitar Eastbourne, tengo dudas de si esa comparativa ascendente se confirmaría hoy en día. Los datos y estadísticas sobre cohesión social y crecimiento de nuestra tierra arrojan un cierto estancamiento, un proceso acelerado por la pandemia. Como la mayor parte de los españoles al sur de Madrid, no convergemos con nuestros vecinos europeos. Hay muchos factores que explican este fenómeno, pero yo me atrevo a apuntar que quizás ha llegado el momento de dar un paso más y ampliar los sectores que generan riqueza. No es algo exclusivo de esta provincia y son muchas las voces preocupadas por la relativa pérdida de posicionamiento exterior de España que llaman la atención sobre la necesidad de plantear nuevos enfoques.
Salvando las distancias, y sin entrar en consideraciones geoestrategias o sociales, quizás marquen la senda nuestros cordiales competidores israelíes. Dos o tres décadas antes que nosotros, ellos comenzaron a desarrollar una agricultura intensiva en un entorno natural muy similar al nuestro. Sin abandonar este sector, con el tiempo lo han complementado centrándose en la innovación, hasta el punto de que ya es un tópico conocerla como la nación paraíso de las start-up. Se dan muchas explicaciones para este éxito, pero hay una que repiten los mismo israelíes, que es el afán de superación y que resumen con la frase de que ellos no tienen recursos naturales, que solo tienen desierto y personas.
En el caso de Almería, yo creo que hemos demostrado que nuestras personas son capaces de crecerse en la adversidad y derrochar talento. Con un poco de organización, podemos dar el siguiente salto centrado en ciencia, tecnología, innovación y la sostenibilidad que haga que los futuros habitantes de Eastbourne se sorprendan cuando nos visiten.