Incondicionalidad
Incondicionalidad
Llevo muchos años desmigajando palabras con objeto de poner en evidencia la farfulla que llevan dentro, sacándolas del correccional adonde las han metido tanto el poder político como la tecnocracia, como el pensamiento falsamente correcto. Está claro que no doy abasto ni creo que un plumilla de mi tamaño, gorrión de provincias, pudiera alguna vez terminar con esta tarea. ¿Qué puede hacer una hoja en mitad de un huracán? ¿Ustedes recuerdan cuándo se puso de moda la palabra incondicionalidad, femenino, cualidad de incondicionable? Para mí que el inventor fue el ministro De Guindos. La utilizó en el forzoso trance de tener que convencer a los españoles de que los 100.000 millones del primer rescate no entrañaban ninguna carga ni servidumbre para el ciudadano, sino que era un entendimiento entre los prestamistas y los bancos. Estábamos asombrados de la generosidad a lo San Diego de Alcalá, patrón de los pobres, de los desconocidos prestamistas.
Ni siquiera las advertencias de los líderes europeos en el sentido de que había que andarse con cuidado nos hicieron bajarnos del burro. Bien, pues parece que ahora ya no se habla de incondicionalidad; es más, ahora de lo que se habla es de la barricada de condiciones que tienen montada los prestamistas para asegurarse su pasta. Es normal, nadie ofrece duros a dos pesetas. El Gobierno catalán exige con premura cinco mil millones sin ninguna condición.
De Guindos y Montoro se aprestan ahora a decirle a Mas que ciertos requisitos existen, hay que cumplir con el déficit y otras cargas. Vamos, que de incondicionalidad nada de nada. ¿En qué país estamos? Las palabras se las lleva el viento.