El tobogán de Lucas
Lucas abrazó a su nuevo amigo. La amistad, trabada tras escasos minutos en toboganes y balancines, se fundió en un abrazo tierno y sincero. Le preguntó entonces a Ángel, su amigo, por la extrañeza de un parque vacío. Éste sintió el deber de no defraudarle y contestó: “Tal vez a los adultos les molesta que los niños jueguen”.
El niño no comprendía que el parque estuviera sin amigos jugando al pilla pilla. Estaban solos, pero contentos, cómplices ambos con sonrisas de complicidad. Les bastaba.
- No te preocupes, pronto vendrán más amigos y jugaremos todos – dijo Lucas en un tono dulce - ¿Qué podemos hacer?
De repente, apareció un nuevo amigo en la esquina del parque. Un Niño diminuto y lleno de luz, posado sobre un cojín, escaso ropaje y bella mirada. Lucas, le preguntó con preciosa inocencia: “¿Cómo te llamas? ¿quieres jugar con nosotros?”
- “Me llamo Jesús, y acabo de nacer, aunque vengo al mundo todos los años para mitigar el dolor y alentar la esperanza de vida eterna. Todos celebran mi nacimiento, y el vuestro también. Yo soy el símbolo, pero esa esperanza y esa celebración, no es sólo para mí, es por cada niño que nace y las virtudes de inocencia, pureza y paz que traen al mundo”.
Lucas y Ángel no se preguntaban cómo un bebé podía hablar de aquella manera. Solo se dieron cuenta, de repente y en silencio, que ya todo lo sabían y veían, impregnados de plena sabiduría espiritual.
Jesús prosiguió: “Abajo están festejando con cosas que nosotros no tenemos, regalos materiales, y pomposas cajas decoradas. Yo os quiero hacer mi regalo único de este tiempo llamado Navidad.
- Sí, sí, vamos a abrirlo – dijo impaciente Lucas.
Jesús se dirigió a Lucas y Ángel en estos términos: ”Mi regalo es vuestra felicidad eterna junto a mí, y la misión de cuidar de todos los seres terrenales, con los que pasaréis todo el tiempo que queráis sin que ellos se percaten. Muchos de ellos sufren porque creen no veros. Hacedles compañía y cuidadlos en cada momento hasta que les llegue su momento de acercarse también a mí, y conozcan este gozo celestial que a vosotros os ha sido dado. Ahora, Lucas, ya que estás impaciente, abre tu regalo particular”.
Una envoltura sedosa cayó frente a sus preciosos ojos y aparecieron unas letras blancas con un aura amarilla, como el sol tenue y agradable del amanecer.
- Yo sé leer, yo sé leer... – repuso Lucas. Con delicada dicción y voz celestial, Lucas leyó, despacito:
“Estas alas son tuyas, y te elijo como Ángel del cielo. Ya eres felicidad y amor eterno. Cuida de todos y haz que crean en tu misión, aunque ahora no la entiendan. Solo los seres especiales están junto a mí. Sigue con tu donación de amor, como hiciste en la tierra.”
Lucas asomó dos lágrimas de gozo, en su perfecto y ya maduro entendimiento, y la sonrisa mostró sus dientes gráciles y radiantes como nunca. Al momento, el parque se llenó de juegos y de pequeñas criaturas celestiales, angelitos con sus sonrisas perennes y sus alas suaves. Se abrazaban contentos y, entre juegos, hacían recesos para mandar besos y caricias a sus papás y familias, y a todos los seres terrenales con un mensaje alentador: “Alegría, paciencia y virtud. Algún día, pronto quizás, todos estaremos juntos para siempre entre juegos y amor verdadero”