Vender un sueño
Vender un sueño
La primera vez que hoy hablar de Aníbal Zamora fue a principios de los años noventa, ya tenía una aureola de empresario audaz y visionario, lo mismo construía urbanizaciones exclusivas que bloques populares en barrios obreros. La marca del éxito lo acompañaba como una sombra benefactora, siempre dispuesta a seguirlo y a protegerlo.
Al contrario que muchos patanes, los triunfos no fueron a engrosar su vanidad y aún prefería la discreción a la ostentación. Tenía la convicción que sólo hacer falta vivir, pues en cualquier vida, cabe el mismo número de éxitos que fracasos, que todo es cuestión de tiempo y que él no iba a ser una excepción.
Aunque no podría decirse que cuando el “Universo ladrillo” tuvo su Big Bang, Aníbal Zamora estuviera preparado, alguna ventaja si que llevaba. Ya en el año 2001, había fundado un Vivero de Emprendedores, un laboratorio de ideas con beneficio, como el prefería llamarla. Aquella escuela de artistas de la empresa, pretendía educar el genio mercantil del que algunos disponen para hacer negocios, no según los modelos convencionales y al uso, sino dentro de otras tendencias y para un mundo con otros gustos y unas apetencias menos codiciosa y desequilibrada. Según el ideario de Aníbal, la gente como él era tan imprescindible como un médico o un maestro. Hace algo más de un año, Aníbal Zamora, había reservado algunas tardes del mes de Julio, para leer los proyectos de fin de curso de los alumnos. El que firmaba Layla Alcázar, le pareció que no tenia interés alguno, era demasiado simple e insustancial. Su propuesta era vender un sueño cada mañana, según la voluntad de quien quisiera comprarlo. La hizo llamar a su despachó, para preguntarle si creía que con aquella idea sería suficiente para tener un medio de vida y poder subsistir o generar algún tipo de riqueza, que donde radicaba su originalidad y otras reservas en el mismo sentido.
-Ya sé que para Usted mi idea puede ser ridícula, lo comprendo, pero para mi funciona. Yo no necesito ninguna de esas cosas que mencionas; medios de vida, crear riqueza. Ni tampoco creo que mi proyecto tenga ningún sentido económico.
- No entiendo lo que haces en esta escuela.
- Presiones familiares, ellos no quieren reconocer mi falta de personalidad empresarial.
Aquella misma noche Aníbal Zamora, soñó que vendía sueños, pero que un avispado después lo revendía por muchos más dinero y este tercero que lo había comprado, hizo una empresa de gente dedicada a soñar. Así que cada mañana, podía vender no un sueño o dos, sino tantos como trabajadores tuviera, mil empleados mil sueños o dos mil según la productividad. Se despertó algo inquieto, aún seguía inmerso en aquella espiral de crecimiento, pero llamó a Layla un par de horas después para comprarle su idea por un precio simbólico.
Layla Alcázar se la regaló, sin sospechar que tesoro había entregado a cambio de nada.