La Voz de Almeria

Opinión

Publicado por

Creado:

Actualizado:

En:

En alguna ocasión me he preguntado si en esta sociedad actual del “desarrollo” es posible, como antaño, la expansión y plenitud de un talento mayúsculo. Si, partiendo de un legado cultural impresionante, de un precedente de enorme altura, puede todavía una mente privilegiada asimilar esta herencia y superarla, parir un mundo personal para los asombros y marcar toda una época, constituirse en nuevo faro para inteligencias futuras. Me refiero, por ejemplo, si es posible todavía, a día de hoy, la fulgurante aparición y desarrollo de un Mozart o similar.


El caso de Mozart es de los más singulares de nuestra cultura; unas facultades portentosas, un caldo de cultivo familiar sabiamente dirigido, sin vacilación ni descanso, y, por supuesto, las condiciones ambientales que permiten la germinación y desarrollo de un gran árbol, precioso y lleno de frutos sabrosísimos. El entorno social es determinante para dirigir, conformar y procurar el éxito de un talento en formación, hasta el punto de ser condición necesaria; unos dones innatos y una inteligencia portentosa no garantizan por sí solas, ni entonces ni ahora, la felicidad de los alumbramientos.


Por ello, la dolorosa respuesta al interrogante que abría esta reflexión, según mi humilde entender y alcances, es que, en la vorágine de estupidez y estulticia imperante, hoy no es posible el prodigio. Y ello por el cúmulo de banalidad y tontería que mediatiza y condiciona nuestras vidas. En el terreno cultural, y por seguir manejando términos sonoros –o musicales-, hay un insoportable nivel de “ruido” que lo invade todo. Una enorme cantidad de bazofia –producciones de bajísima calidad- copa todos los resquicios y vías para el vuelo libre. Aunque naciera un chaval con las bendiciones naturales de un Mozart, su desarrollo sería inviable; ofrecería un trabajo ímprobo apartar de su trayectoria e influencia las infames contaminaciones sonoras –elevadas en sacrosanta estimación de los imbéciles- que proliferan en todo lugar y momento. En el bar, en la gasolinera, en el aeropuerto o la estación, en el colegio y en la calle, en casa o en la sala de espera, suena siempre una música inclasificable, malísima e irrespetuosa. Una música que se comercializa y ofrece con todas las bendiciones y laureles, para estupefacción e indignación de quienes luchan y trabajan por una cultura de nivel, enriquecedora y esplendente. Vivimos un tiempo para la superficialidad y la falta de criterio, un lugar donde las ideas se contemplan como amenazas.


A fuerza de tanto ruido, hemos mutado nuestra natural disposición a aprender, a cultivarnos y a separar el grano de la paja. Experimentamos una metamorfosis que ha confinado al talento a una marginalidad inexorable, hasta el trance de su mismísima extinción.


tracking