La Voz de Almeria

Opinión

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Mis primeros recuerdos de Julio Anguita son los de un friki adolescente de los ‘80 aficionado a la Política. La figura de aquel alcalde rojo de la vecina Córdoba encandilaba con su oratoria y sus firmes convicciones de izquierdas. En aquella época aún podía competir con él aquel deslumbrante Felipe González, adalid del socialismo, del progreso, aquel que nos prometía un maravilloso futuro en un país justo, moderno y libre (también de la OTAN).

Tardé poco en advertir que aquel líder de intercambiable chaqueta de pana distaba mucho de ser el gobernante que construiría una España inspirada en los principios de la izquierda, y ya en 1993 pude depositar mi voto de confianza en el líder de una ilusionante Izquierda Unida. Nunca olvidaré la extraordinaria conferencia, antes de esas Generales, a la que tuve ocasión de asistir en Madrid, en El Chami, por la pasión que sembró en todos los estudiantes con aquel discurso directo, nítido y contundente que siempre le caracterizó.

En aquellos años Julio Anguita representaba ya el paradigma de político honesto que durante toda su vida ha demostrado ser. Aunque haya cometido errores, inducido por ese veneno desgraciadamente tan presente en la política que es la mentira combinada con la traición. Bien es verdad que la ponzoña, en la mayoría de los casos, proviene de correligionarios, y a Anguita le mordió una serpiente a la que nunca debió acercarse. Aquella carta enviada a Aznar el 5 de septiembre de 1996 supuso un reconocimiento de su error y una nueva muestra de una honradez impropia de quienes ejercen el pocas veces noble ‘arte de la política’.

Probablemente aquel error, unido a sus problemas cardiovasculares, provocaron su renuncia a la primera línea política. Y aunque se podría pensar que habíamos perdido al que seguramente ha sido el mejor político de la España democrática, quienes hemos seguido sus periódicas aportaciones, quienes hemos participado en el Frente Cívico Somos Mayoría, hemos mantenido su espíritu presente en nuestra actividad política. Sin olvidar ninguno entre tantos, quiero destacar el más importante de los valores que nos legó, la dignidad. Su memoria es eterna


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