Reflexiones desde mi confinamiento (2)
Entre los mensajes de ánimo que estamos recibiendo, el que más se repite es el que nos asegura que “pronto volverá todo a ser como antes”. Es cierto que hay muchas cosas de nuestra rutina diaria que estamos deseando recuperar, pero la magnitud y gravedad de los acontecimientos que estamos viviendo hará difícil que todo vuelva a ser lo mismo, al menos durante un periodo largo de tiempo. Además, a mí personalmente no me gustaría que fuera así, porque eso significaría que no hemos aprovechado la lección que estamos recibiendo.
Creo que el primer cambio que deberíamos procurar es la sustitución de los valores materiales y egocéntricos que proliferan en nuestras vidas, por otros más trascendentes y altruistas. Me refiero a los valores que están derrochando los protagonistas de la lucha contra el coronavirus: entrega, capacidad de servicio, lealtad, honestidad, profesionalidad, etc. Sin esta transformación personal de una mayoría de los miembros de la sociedad no será posible acometer el segundo cambio que me parece deseable: el de nuestro sistema de convivencia. Uno y otro se refieren a valores, y son por lo tanto de carácter ético.
La mejora del sistema de convivencia debería producirse haciendo extensivas al conjunto de la sociedad las virtudes individuales citadas, pero también fomentando los valores que tienen una dimensión colectiva porque se refieren a las relaciones de unos con otros: justicia, tolerancia, solidaridad,… y haciendo que esta transformación esté presidida por la búsqueda y reconocimiento de la excelencia en relación con esos valores.
Ortega y Gasset escribió hace noventa años un ensayo sobre lo que él creía que iba a suceder en España a lo largo del siglo XX y que ha resultado profético gracias a su lucidez. Su título “la Rebelión de las Masas” lo dice casi todo: estaba seguro de que las masas, es decir el populacho o la plebe integrada por ciudadanos con escasa formación, ascenderían en el entramado social hasta colocarse en su cúspide y liderarlo. Como él preveía, se ha hecho habitual que la telebasura, las revistas del corazón, los tabloides y demás medios de comunicación nos propongan como modelos a individuos de dudosa categoría personal, que deberían tener en la sociedad un papel mucho menos relevante que el que se les atribuye. Herman Hesse también advirtió en “el Juego de los Abalorios” que esto ocurriría.
A Ortega le preocupaba especialmente el rechazo de la excelencia por lo que significaría de empobrecimiento social. Estos días se ha recordado cómo el emperador Marco Aurelio organizó la reconstrucción de Roma y Churchill la de Inglaterra, acudiendo al consejo de los mejores y siguiendo sus indicaciones, o como Newton reconocía haber podido ver más lejos “subiéndose a hombros de gigantes”, y lo que Henry Ford decía de su equipo,… En todos los casos y en todas las épocas el recurso a la excelencia ha sido lo más acertado.
Lo contrario de la excelencia es la mediocridad, que consiste en no reconocer aquella, e incluso perseguirla, porque los mediocres temen que los mejores pongan en evidencia sus limitaciones. El igualitarismo es una coartada perfecta para instaurar la mediocridad. Todos los seres humanos somos iguales en dignidad y deberíamos serlo en oportunidades, pero en todo lo demás somos distintos, y eso es una de las riquezas de la sociedad.
El fomento de los valores individuales y colectivos y el reconocimiento de la excelencia nos permitirían que la vuelta a la normalidad no sea volver a lo de antes, sino a una realidad mejor. Se lo debemos a las víctimas de la pandemia, a los héroes de la lucha contra ella, y a todos nuestros conciudadanos para superar con éxito esta prueba, la que se nos anuncia que llegará a continuación, y cualquiera otra que se nos presente en el futuro.