Gamba Zúmberg en Garrucha
En la “Divina Comedia”, Dante dibuja el purgatorio como una montaña en espiral en la que los pecadores van expiando sus malos actos bajo la custodia de un ángel que les guía a la hora de deshacerse de la soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la gula, y lujuria. Coronar esa ascensión dejaba a las almas niqueladas y dispuestas a ascender al paraíso. Así se veían las cosas en la Europa del S.XV y, en cierto sentido, no son demasiado diferentes respecto al modo en que algunos enfocan la vida en pleno S.XXI.
Es verdad que ya no contamos con custodios angélicos, pero sí que nos fabricamos figuras sobrenaturales capaces de inspirar con su ejemplo el arrepentimiento y abandono de los pecados modernos, en el ascenso hacia una sociedad más llena de humildad, misericordia, mansedumbre, justicia, abstinencia y castidad. Y a los sitios donde no llegan las preadolescentes hiperventiladas, llegan comisiones de expertos o recomendaciones de sesudos especialistas aconsejando o desaconsejando hacer o dejar de hacer algo cotidiano. La última aportación al catálogo de amenazas cercanas está en las cabezas de las gamas: no hay que chuparlas porque llevan cadmio y el cadmio mata. Nos van a quitar también ese momento sublime en el que aspiramos de golpe toda la esencia del mediterráneo, desde Homero a Serrat.
Una aportación hacia la improbable inmortalidad que ha sido definida como “una gilipollez de los científicos” por el gerente de la Asociación Provincial de Empresarios de la Pesca de Almería, José María Gallart. Naturalmente, ya habrá quien tilde al señor Gallart de negacionista infame y hasta de protofascista climático, pero no creo que ello vaya a alterar los hábitos alimenticios del señor Gallart, o de los almerienses que estas navidades tengan la dicha de encontrar estos crustáceos en su plato. Y es que la clave de este asunto no es médica, ni tampoco medioambiental: es económica. Lo que de verdad mata en las gambas no es el cadmio. Es su precio.