Pintar a los envidiosos
Pintar a los envidiosos
De este abuso introducido de retratos ha sido la causa la vana ambición… abatiendo el generoso arte a conceptos humildes, como se ven hoy, de tantos cuadros de bodegones con bajos y vilísimos pensamientos, y otros de borrachos, otros de fulleros tahúres y cosas semejantes, sin más ingenio ni más asunto que habérsele antojado al pintor retratar cuatro pícaros descompuestos y dos mujercillas desaliñadas, en mengua del mismo arte y poca reputación del artífice”.
Estas palabras escritas por Vicente Carducho –pintor italiano al servicio del rey español Felipe IV- en su tratado ‘Diálogos de la pintura’, son un ataque explícito al Baco y sus bebedores de Velázquez, el pintor favorito del citado rey, desde que éste le otorgara su favor en 1623, cuando apenas contaba veinticuatro años. Con un sueldo superior al de sus colegas en la corte, la irrupción del joven Velázquez, merced a su portentoso talento y el apadrinamiento del conde duque, levantaron desde el principio una polvareda de envidias entre los restantes pintores, de mucha más edad y experiencia.
Coincidía todo ello, además, en un momento de debate entre los artistas más viejos – Carducho, Cajés o Nardi- que defendían un manierismo ya agotado y los jóvenes –Velázquez o Maíno- que abogaban por un naturalismo de raíz caravaggiesca. Los primeros defendían la pintura de historia y las composiciones narrativas, de asuntos sagrados o míticos idealizados, frente a los segundos, que abogaban por la pintura del natural y la observación de la realidad. Carducho y su camarilla, por ejemplo, hicieron correr el comentario de que Velázquez “no sabía pintar más que cabezas”.
En este contexto, y tras varias humillaciones al resto de pintores cortesanos a las que el propio rey no fue ajeno, Velázquez resultó claro vencedor, en un crescendo de importancia que culminó, al final de su vida, con la concesión del hábito de Santiago. Para empezar, conociendo las intrigas y envidias hacia su protegido, Felipe IV organizó un concurso entre sus pintores. Les hizo pintar La expulsión de los moriscos, un asunto histórico. Un jurado parcial – Maíno y Crescenzi- nombrado por el propio rey declaró vencedor a Velázquez, como no podía ser de otra manera.
Y a la vuelta de su primer viaje a Italia, en 1631, Velázquez traía al rey dos cuadros que había pintado allí, La fragua de Vulcano y La túnica de José, asuntos mitológico y bíblico respectivamente, cuyo tema central es la envidia (de Apolo y de los hermanos de José). Desplegó en ellos un talento como “narrador de historias” que haría rabiar a sus adversarios, retratadas sus actitudes en algunos de los personajes pintados.