Acampadas
Acampadas
Vivimos en una sociedad extrañamente fascinada por la coreografía de las masas y que es fácilmente bizcochada por lemas cuya sonoridad lírica oculta el voluntarismo melancólico. Otro mundo es posible, etcétera. Por lo tanto, no nos debe extrañar que se quiera celebrar con tono épico la conmemoración del aniversario de las primeras concentraciones de los sedicentes indignados. No pretendo entrar ahora en un fatigoso debate sobre las razones que amparan o desacreditan al pretendido movimiento. No es esa mi intención. Tan sólo quiero señalar que, en mi opinión, toda esta movida revestida de tintes de gesta ha alcanzado un nivel de trascendencia bastante superior al alcance real de sus planteamientos gracias a una cuidada labor de mimo y crianza en las barricas del rubalcabismo. ¿Han terminado ya de llamarme paranoico? Gracias. Ustedes disculpen que recuerde pero, hace un año, la policía que dirigía don Alfredo permitió que esta buena gente vulnerase la ley ocupando a sus anchas plazas y avenidas mientras que los medios más favorables metían cámaras y micrófonos en cada chambaíllo para cantar los logros y avances de un tiempo nuevo que, decían, estaba empezando a moverse, aunque sin que nadie supiera bien hacia dónde. Había que dejarles acampar para evitar, decía don Alfredo, graves problemas de orden. Pues bien, un año después hemos visto que es posible manifestarse e indignarse sin necesidad de llenar las plazas y calles (que son de todos) de molestos y fastidiosos asentamientos. Probablemente no hayan cambiado los motivos de la indignación; no digo que no. Lo que sí ha cambiado es el apoyo institucional. Y eso se nota.