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Atrapados al vuelo y liberados

Atrapados al vuelo y liberados

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La estrofa tradicional japonesa –haiku o haikú- breve como un suspiro, da mucho juego para el divertimento. Sin embargo, Domingo Nicolás, en la cumbre de su experiencia poética y en su deslumbre del jardín de Pechina, ha hecho un gran esfuerzo de despojamiento de la vestidura barroca, del hermetismo y la tentación intelectual, para darnos un libro esencial, transparente y bellísimo, “Del Cántico y el Vuelo”, donde la pura desnudez se interna en las llamas del misticismo y la inquietud metafísica, a partir de los hallazgos súbitos de sus contemplaciones.



El haikú requiere, con rigor y valentía, el desprendimiento de lo innecesario, de los adornos y ramificaciones. Desmontada la carpintería de las imágenes, metáforas y adjetivos ¿qué nos queda? Tan sólo el núcleo temblante y puro del poema. La médula de las ideas y sentimientos. El haikú es el flash, la instantánea que el alma graba de lo cotidiano frente a la muerte. Es la eternidad del momento; aquello que caza al vuelo la mano –toda alma- y lejos de aprisionarlo, lo suelta de nuevo ennoblecido; tal y como hace Domingo. Su haikú no quiere jaulas; quiere aire y espacio: “Aire a través/ del tibio otoño cruzan/ pétalos blancos”. Quiere fijar el instante para romper la tiranía del tiempo. Todo ello colmado de matices, sutilezas y estrenada finura.



Este contemplativo, en su arboleda, encuentra lo sagrado de la eclosión de vida, el maridaje de la flor y el canto de los pájaros; la fraterna unidad con los animales y la creación entera; sensaciones, honduras y olores primordiales; mucha infancia de tierra disfrutada, con la persistencia de sus emociones: “Subo del río/ con aroma de tierra./ ¿Dónde el olvido?”.



Se decanta por un lirismo de espiritualidad extrema, aéreo, en la mayor altura, leve, inasible; dentro del enigma del fuego: “Desnuda llama/ que el viento fortalece/ sin apagarla”.



En su lucha agónica, el arrebato del amor no tiene explicación ni lógica y supera todo entendimiento; traspasa la conciencia vigilante, atraviesa las fronteras y se adentra en un fondo de hambre y orfandad ancestral, que tenemos de abrazos. El poeta guerrea por darle forma al tirón del sentimiento, para el que las palabras se hacen insuficientes: “Enamorado/ de tu luz inasible,/ ¿qué he de explicar?”.



Octavio Paz, al referirse al poeta Basho, escribe: “nos llama a una aventura de veras importante: la de perderse en lo cotidiano para encontrar lo maravilloso”. Y Domingo (“Asta de rosa,/ tu piel despliega al alba/ su agua desnuda” ha sabido hallar el misterio en lo cotidiano, en la luz de cada día, en su serenidad de vivir, en la irrupción de aves o de insectos, en lo nimio inmenso y en la radiante ligereza de las mariposas.

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