La Voz de Almeria

Opinión

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En el transcurso de una clase de Historia de la Arquitectura, durante mis años de universitario, presenciamos una pequeña batalla dialéctica –brevísima y memorable- entre el profesor y uno de nosotros. Argumentaba el primero, con febril apasionamiento, sobre la perfección de cierto edificio barroco, visible en su discurso compositivo y estético; de su euritmia y armonía insuperables. El alumno le increpó manifestando su desacuerdo, y ante la obstinación del maestro recurrió a la común frase de “sobre gustos no hay nada escrito”. La respuesta, ciertamente magistral, no se hizo esperar: “Lo hay, y mucho, lo que pasa es que usted no lo ha leído”. Tiempo y dedicación empleamos en comprobarlo; durante el curso siguiente tuvimos una asignatura exclusivamente dedicada al pensamiento estético, desde la antigüedad hasta hoy, una parte nada desdeñable de la historia de la filosofía. La belleza es un asunto peliagudo; quienes apelan a la subjetividad o el relativismo de su naturaleza, propician un camino de peligrosa y fácil destrucción. Y esto es especialmente devastador en lo físico, materia susceptible de ser admirada visualmente; la estética sonora o literaria tienen, en cierta forma, una mayor garantía de perdurabilidad, tan solo sea por la necesidad de ser copiadas a lo largo del tiempo en soportes que las conservan, sin perder un ápice de su integridad o contenido formal. No hay cosa más frágil en el mundo -más aún que la misma vida- que la belleza de las cosas o los lugares que están bajo control humano; es lo primero en ser sacrificado por nuestro entendimiento o natural limitación. Lo es así por la escasez de cerebros capaces de apreciar los goces de la mirada. Lo estético es un deleite, un placer de los sentidos, y la vista acaso sea el más viciado, saturado y difícil de educar de todos ellos. Mirar es una función básica y necesaria, pero también puede convertirse en un alto grado de conocimiento; degustación de la arquitectura de la forma y sus infinitas variables. Pero el desarrollo de esta función depende de la sensibilidad genética y la posterior dedicación en educarla; en cierta forma está asociada a la inteligencia y su proceder, unida a la voluntad del individuo. No es de extrañar, por tanto, su merma en las modernas sociedades del bienestar, castradoras de toda actividad neuronal; basta con darse una vuelta por las modernas ciudades o pueblos y contemplar los engendros del desarrollismo. Los antiguos concebían la estética como una consecuencia más –lógica e inmutable- del orden del cosmos. La perfección era una característica inherente al funcionamiento y dinámica del universo, y el hombre –en su limitación intelectual- tenía que descubrir las leyes que rigen ese orden. Así nació la matemática aplicada a la belleza, clave para entender todo el arte clásico.

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