Salto al vacío
Salto al vacío
Que el futuro ya no es lo que era es algo más que una oportuna frase para conferenciantes con aspiraciones a gurú de lo políticamente correcto; es una doliente y silenciosa reflexión que me escarnece las entrañas como un paciente necesitado de Hemoal por un tubo: por primera vez desde 1962 los españoles nos quedaremos sin la tradicional retransmisión de los saltos de esquí que nos ofrecía desde Garmisch (Alemania) TVE. ¡España, no te reconozco! No me confundan con un especialista o aficionado al deporte alpino o al eslalon y todo ese gélido universo. Es más, les puedo confesar que todo eso (ojo, que viene la gracia) me trae al fresco. Lo que vengo a decir es que la pérdida de esa tradición televisiva nos hurta una rutina emocional que va a dejar descolocado a más de uno. Igual que con la magdalena proustiana, yo veo a un tipo deslizándose vertiginosamente por el trampolín helado hacia el abismo y es que se me vienen a la memoria los recuerdos de todas las resacas de campeonato con las que hemos dado la bienvenida al nuevo año. No se me ponga mojigato, que a usted también le ha pasado. Todavía con los ecos de las palmadas con que los millonarios japoneses han acompañado a la Filarmónica de Viena interpretando la Marcha Radetzky, me he plantado delante de la tele a ver los saltos pensando en que uno de los propósitos más razonables para el año que se iniciaba sería no volver a acudir a según qué fiestas. Lamentablemente ya no podremos disfrutar de esa hipnótica secuencia de saltadores hasta que una voz anunciaba que la comida de Año Nuevo estaba servida. "¿Qué tal lo pasaste anoche?" Uhh, esto… qué buen salto, ¿no?