Longevidad artística
Longevidad artística
Los mayores casos de longevidad en humanos, a lo largo de la historia, se han dado en artistas, algunos de ellos los más célebres de todo el arte occidental. En pleno siglo XVI, cuando la esperanza de vida apenas superaba los treinta años, Tiziano vivió cerca de cien y Miguel Ángel noventa. Y Goya murió en 1828 con ochenta y dos; casi a los sesenta tuvo fuerzas para subirse a los andamios de la Florida y pintar todas las bóvedas y paramentos de la iglesia de San Antonio en apenas tres meses, un tour de force deslumbrante con una ejecución de admirables y violentos brochazos, de una energía juvenil arrolladora y toda la experiencia del artista hecho, con pleno dominio de sus recursos y lenguaje. Y el divino Buonarroti, también con más de sesenta y subido al andamio del testero de la Sixtina por varios años, vomitó ese amasijo de cuerpos torturados que conforman su Juicio Final. Artistas guiados por una febril actividad, una obsesión incansable y una ilusión desmedida por su quehacer; genios irreductibles que superaron toda adversidad o contratiempo con tal de cumplir sus cometidos y dar forma a los sueños y anhelos, tiempos para los deleites y las emociones. Estudios científicos recientes estiman que el secreto de la longevidad se basa en una actividad mental obsesiva y polarizada en una sola dedicación o trabajo, una senda bien marcada por la que se camina sin vacilación, con entusiasmo inquebrantable y permanentemente renovado. Para todo lo demás una vida de simplificaciones y austeridad, de mínimos cartujos. El proceso de creación artística verdadero es, por tanto, el garante de estas conductas y formas de vida, su ejemplo más significativo. Quienes defendían el equilibrio y la variedad en los intereses para el cerebro se equivocaban; se precisa una dedicación enfermiza en cuerpo y alma de ilusiones, un sacerdocio para el arte. Y de todas las artes, es la pintura la que más notables ejemplos puede ofrecer de ello; la lista de pintores longevos supera a la de cualquier otra disciplina creativa. Quizás estribe en la exacta combinación entre el esfuerzo mental y el físico; la actividad intelectual y la artesanal, el cerebro y las manos, la meditación y el ejercicio del cuerpo. Alguien podrá argumentar que muchos artistas fundamentales, especialmente románticos, murieron en esplendor de mocedad y juventud. Yo tengo para mí que los grandes mueren cuando deben, jóvenes o viejos, cuando no tienen nada más que añadir a lo ya dicho o acumulado, o cuando ha cesado su interés por lo que hacían y se ha evaporado la ilusión que sostenía sus vidas. Es una encrucijada de sabiduría; los verdaderamente comprometidos escogen el tránsito antes de repetirse, mercantilizar o banalizar su arte.