La Voz de Almeria

Opinión

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Cuando el arte contemporáneo vive casi ensimismado en la búsqueda del “concepto” como si éste fuera el paradigma de la creación, un grupo de artistas almerienses, los integrantes del Grupo de Aulago, vienen desde hace tiempo reivindicando una antigua manera de entender la pintura que hoy podemos considerar moderna. Todos los veranos, desde 1997, se reúnen Jose Miguel Gómez Acosta, Francisco Carreño, Javier Huecas, Tremedad Gnecco, Jordi Garriga, Javier Hidalgo, Tello González y Carlos Villalobos, en Sierra de Filabres para pintar al aire libre y olvidarse del ajetreado mundo en el que viven y de los derroteros del arte contemporáneo. Si me permiten la comparación, la propuesta de este Grupo me recuerda la de aquellos pintores de la Escuela de Barbizon, que en el siglo XIX, lejos de París, pintaban a plein air en los bosques de Fontainebleau como una manera de distanciarse tanto del orden social como de la pintura académica. 
Estos pintores del Grupo de Aulago tienen en común el amor al paisaje y una amistad forjada durante años que favorece la cohesión del grupo, y el crecimiento personal de cada uno de ellos como artistas, algo que queda patente en la exposición, La luz y la tierra, que estos días pueden ver en la galería Arte 21, tan hermosamente unitaria en su diversidad.   
En esta exposición, las obras no se muestran a la manera convencional de una galería de arte sino como en una pinacoteca privada, en la que prima más el conjunto que las individualidades. Hace unos días José Miguel Gómez Acosta comentaba en un artículo publicado en este periódico que la luz y la tierra son elementos claves para entender el trabajo de este Grupo. A través de la observación, las huellas del paisaje quedan grabadas en el alma del pintor. Lo que definía Miguel Torga, el poeta portugués de Trás-os -Montes, como el espíritu de la tierra. Pues bien, creo que ese espíritu es el que alienta la creación de estos artistas.  
En esos viajes estivales a Sierra de Filabres hay también un regreso a los orígenes, a una manera de contemplar la naturaleza como fuente inagotable de vida y belleza, y por supuesto de permanencia,  y a una forma de pintar “al natural” hoy muy olvidada.
El espíritu de la tierra infunde a todas estas obras un carácter de esencialidad. No encontrarán en la exposición estampas pintorescas, ni tampoco costumbrismo. La observación del paisaje, en todos ellos, trasciende la mera representación y el anodino realismo fotográfico porque prevalece la indagación artística, la búsqueda y el vértigo de la creación, más allá de lo conocido y las modas pasajeras. Un ejemplo, sin duda, de amor a la pintura y al ejercicio libre del arte, sin más.


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