La Voz de Almeria

Opinión

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Una de las paradojas del tiempo que nos ha tocado vivir es la tendencia a decretar o prescribir estados de ánimo colectivo a pesar de que, gracias a la pluralidad de medios técnicos e informativos al alcance de todos, a cualquiera le resulta fácil establecer las coordenadas de sus libres opiniones y pensamientos. Basta con buscar, leer, comparar, entresacar o recordar hechos o declaraciones. Pero quizás ese esfuerzo requiera de un tiempo del que, o bien no se dispone, o sencillamente se prefiere emplear en otros quehaceres menos farragosos. Es más fácil aplaudir a lo que se determina o recriminar a lo que se señala, en la seguridad de no salirse de pista ni recibir incómodos requerimientos o punzantes descalificaciones. Es, en definitiva, el triunfo de un modelo social infantiloide y gregario regido por el impulso básico del “todos a una”. Así, se ha conseguido que nos apetezca vivir en un mundo pluscuamperfecto en el que no hay espacio para la duda incómoda, la aportación desenmascaradora o la simple enumeración de incongruencias que invaliden los discursos oficiales. Queremos vivir, como los niños de Peter Pan, en el mundo ideal del Nunca Jamás y sobrevolar la realidad entre nubes perfumadas. Como decían Las Grecas en una popular canción, “prefiero no pensar, prefiero no sufrir; lo que quiero es que me beses”. Pues en esas estamos. ¿Acaso merece la pena analizar con detenimiento el último mensaje de unos ridículos asesinos enmascarados? ¿Hasta qué punto compensa recibir la mirada torcida de la Coral Vajillas del Gozo cuando recuerdas que los asesinos no han dicho nada de disolverse como banda, ni nada de devolver las armas, ni nada de pedir perdón, nada de quitarse las capuchas y nada de someterse a las leyes? Así que no sé qué estamos celebrando con tanto estrépito. Lo que sí sé es que es más agradable sumarse con entusiasmo y hasta con lacrimosa emoción al discurso oficial de la alegría decretada. Que nada, ni tan siquiera el raciocinio, enturbie este momento.

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