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Opinión

Una estrella en la tierra

Una estrella en la tierra

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Según los cálculos científicos, el núcleo del sol alcanza una temperatura de 100 millones de grados y cada segundo cuatro millones de toneladas de la masa de este planeta se destruyen. Así que algo semejante a una fusión nuclear eterna es lo único que permite a esta estrella subsistir e irradiar luz para hacer posible la vida en la tierra. Estas cifras desmesuradas que tenemos que conjugar para hacer comprensible a la mente humana un fenómeno semejante, no resuelve todas las incógnitas, pero el conocimiento avanza y un grupo de físicos y astrónomos han logrado después de treinta años de investigación intensa efectuar un experimento para intentar reproducir en un gigantesco laboratorio las mismas condiciones que el sol. Hace ya algún tiempo que lograron ayudándose de un acelerador de partículas alcanzar los 100 millones de grados y aproximarse a la fusión, pero el ensayo sólo se prolonga durante tres segundos, pasado este tiempo insuficiente, todo deja de funcionar. Ahora las cosas siguen estancadas, lo único que progresa es la decepción de estos sabios, su derrota y el desánimo Bajhalat Atmat ha estado al frente de las investigaciones desde el inicio, su frustración y el sentimiento de haber llegado ante un muro infranqueable, hicieron que presentaran su dimisión, aunque ésta no fue aceptada, le propusieron a cambio unas vacaciones a las que renunciaba desde hacía demasiado tiempo. Aceptó la propuesta, viajaría hasta Delhi, desde allí llegaría a su aldea en Jaipur en un tren abarrotado de humanidad. Aprovechó el día que le quedaba libre en Nueva York hasta el siguiente vuelo y fue hasta Brooklyn a la casa de su maestro. Lucy, su esposa le dijo que Jacob, llevaba algunas semanas acampado con los indignados de Ocupa Wall Street. En el parque Zuccotti entre cientos de tiendas y otros cambalaches encontró a Jacob Berteins. Aseguraba estar allí para medir la energía que crea el inconformismo, la rebeldía o el malestar, un grupo de entusiastas le ayudaban en un laboratorio improvisado, donde lo mismo veías una cámara grabando una sesión de psicoanálisis, que a otros con el trasiego de las probetas o las pizarras plagada de formulas matemáticas que Jacob iba desarrollando en uno de sus arrebatos o iluminaciones como a él le gustaba llamarlas. Entonces sentí compasión por su locura y por la ingenuidad infantil de sus auxiliares y pregunté a mi maestro si obtendría pronto resultados. -Ni pronto ni tarde, no los obtendré nunca. Me pasará algo parecido a lo que te ha sucedido a ti con el sol- dijo Jacob. No me molestaron sus palabras, yo había llegado a la misma conclusión, pero no pude irme de aquel parque amarillo por el otoño sin preguntarle para qué sirven nuestros esfuerzos. El maestro dijo que nuestra voluntad era más valiosa que los resultados que nos proporciona y es como una estrella en la tierra, luz en nuestros corazones. Jacob se fue hasta la pizarra y escribió estas palabras en mi lengua materna. Yo subí las mangas de mi camisa para coger una probeta sucia y trabajé los treinta días de mis vacaciones no en medir mi voluntad, pero si en fortalecerla para que creciera entre los sueños de las gentes indignadas de la tierra.

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