El ángel de Rafael Gadea
Dicen que Rafael Gadea ha muerto, pero yo no lo creo. Cristina, su mujer, me dice que se ha ido. Sí, Rafael se ha ido, pero nos ha dejado su obra, un legado inmenso para esta ciudad, y nos ha dejado su recuerdo. En su ausencia su memoria traspasa las fronteras del tiempo y vive en cada uno de nosotros, en todos los que tuvimos la suerte de conocerle, y considerarnos sus amigos.
Rafael era un hombre singular y en su obra se refleja esa personalidad, un universo que surge de una imaginación creadora, en la que hombre y naturaleza conviven en un único espacio, un lugar parecido a lo que tuvo que ser el paraíso terrenal, si alguna vez existió ese paraíso. Lo que guardamos de Rafael es la imagen de un ser sencillo y cercano, de una inocencia que perfila sus rasgos más íntimos, y de una bondad que ningún golpe recibido fue capaz de menoscabar, pues siempre vio la luz que habita en los sueños, y lo bueno de este mundo que tantas veces nos pasa desapercibido. Todo ese sentir lo compartía con los demás, sin distinción alguna. Durante los últimos 35 años su pintura fue evolucionando desde una concepción naif hasta una visión post-picassiana. Pero en su obra encontramos también referencias a Klee y a Miró, incluso elementos del pop art como si en esa aventura nada fuera imposible. Recuerdo los elogios que Juan Manuel Bonet, allá por el año 2010, hacía de su obra expuesta en la ya desaparecida Sala de la General de Granada.
La mirada de Rafael fue lentamente acercándose a una abstracción lírica, en paisajes que recordaban al último Bores, iniciando así una nueva etapa en su trayectoria artística. Como grabador, sus linoliums, sus aguafuertes y aguatintas, sus puntas secas, son la expresión donde alcanza, junto a sus dibujos, una de las cotas más altas del arte almeriense del siglo XX. Su maravillosa inventiva queda plasmada sobre el papel como lo hicieron aquellos artistas de las vanguardias, de una manera libre y lúdica, a veces irónica, y con ese fino humor que él sacaba a relucir cuando trataba de comprender las cosas de este mundo. Rafael Gadea ha dejado para la posteridad una de las obras más originales y personales realizadas en Almería. Todo ese universo creador era consustancial a su vocación de pintor, a una actitud casi franciscana, de desprendimiento de lo material. Una vida despojada de cualquier pretensión, de las vanidades de nuestra condición humana, una vida austera al margen de las apariencias, fiel a la idea de honradez y dignidad. Rafael era un hombre bueno, con un don para una de las bellas artes: la pintura, y con ese ángel de los elegidos.
Ese ángel sigue entre nosotros, aunque él haya emprendido un largo viaje.