Quimeras impostadas
“Hasta el más analfabeto político sabe que hablar de la Constitución, más que de acuerdo, supone hablar de consenso”
Hay veces en las que los políticos si se ponen de acuerdo. Por ejemplo, en hacernos perder el tiempo. Como de costumbre siempre que llegan estas fechas, se habla de la necesidad de reformar la Constitución. Cada partido tira de argumentario y expone someramente- no son capaces de otra forma- sus líneas básicas para afrontar la reparación de nuestra Carta Magna.
Después, se retiran del debate con la consciencia de haber copado más o menos espacios informativos y sesudos análisis periodísticos y académicos, pero con la certeza de que ello no habrá servido más que para diluir, durante unos días, la presión informativa sobre los temas que de verdad les importan.
Así, como en tantas otras cosas, están consiguiendo a pasos agigantados que se banalice el debate sobre abrir el melón de la reforma de nuestra norma máxima de convivencia. Hasta el más analfabeto político del reino sabe que hablar de la Constitución, más que de acuerdo, supone hablar de consenso.
Y si la palabra consenso hace tiempo que no viene respaldada por los hechos de nuestros políticos, el único acuerdo existente en torno a la Constitución es que precisamente no hay acuerdo. Nada más. Habría que entender que si hoy nos cayera del cielo una Constitución que diera cabida a todos y cada uno de los españolitos en nuestros anhelos, no serviría para nada.
Porque de lo que se trata aquí, como lúcidamente explica Iñaki Gabilondo, es de entender que la Constitución “no crea acuerdos, sino que los plasma”. No se trata tanto, pues, de llegar al acuerdo, sino de recorrer la senda para ello.
Es ahí, tras la certeza del acuerdo encontrado en el constreñimiento común, donde se construyen los países. Se necesita ser consciente del esfuerzo y las dificultades de un pacto, para después valorarlo como es debido. Y ese camino resulta imposible de recorrer cuando todos los puentes para el diálogo se hallan fracturados. Por eso, la actitud engañosamente proactiva de nuestros políticos cuando se habla de reformar la Constitución, no resulta más que un placebo en la certeza colectiva de la necesidad de reformarla.
No banalicemos el debate, porque corremos el riesgo de dar la razón a aquellos que piensan que la norma base de nuestra convivencia no fue más que el resultado de un pasteleo elitista.