Hegemonía cultural
Vivimos una época representada por una elite burguesa, creadora de un nuevo sistema económico, caracterizado por valores que cada vez son más representativos de nuestra sociedad.
Una política social establecida en una línea que la conduce a una época poco pragmática y mítica, donde impera el desconcierto con una meta fijada en la filosofía de la incertidumbre.
Todo este panorama conduce a un desencanto que se convierte en el voto consciente y al mismo tiempo equivocado, dirigido a una elite capitalista que cada vez engrosa más su potencial económico disolviendo lo conocido en lo desconocido, incluso con un intercambio de argumentos capaces de elaborar una política del entendimiento, donde no se defiende lo malo contra lo peor, y es que se carece de criterios definitivos para orientar la acción humana.
Sin embargo no tengo nada claro que la apelación al sentido común sean suficientes para dinamizar las instituciones democráticas. Todas esta instituciones están impregnadas de un neoconservadurismo parecido al de los años 80 – 90, y al que va a seguir una época que adolece de la capacidad de pensar, donde se palpa una instrumentalización de la cultura que de algún modo había pertenecido a la izquierda, de manera que quien llegara a alcanzar la hegemonía cultural, también conseguiría la hegemonía política.
Pero como sabrá el lector este neoconservadurismo nació en Estados Unidos y se ha puesto de manifiesto en su intento de modificar la historia reciente, como hemos podido observar en las elecciones norteamericanas, donde el recién elegido Donald Trump ha pregonado un proteccionismo que podríamos hacer extensible a otros contextos y que se sale de la línea de cooperación mundial.
Tengo que afirmar que dentro de esta línea de Teoría política, se ha llegado al extremo de ir creando cada vez más una sociedad conservadora que adolece de una inteligencia moderna e ilustrada y desde luego muy lejos de la postmodernidad.
Pero tengo la sensación que los teóricos de la democracia normativa tienen conciencia de este fenómeno de alienación política, con un distanciamiento entre las grandes elites y los ciudadanos, que ha conducido a la separación del saber cotidiano del pueblo y a la habilidad de los profesionales que ejercen el mando. Mucho me temo que toda esta parafernalia apele a la libertad de los derechos humanos, sobrepasando los esquemas clásicos de la izquierda y la derecha, prestando especial atención a los parlamentos y partidos donde reina la impotencia legislativa, ejecutiva y la legitimación de mediar en los procesos de formación de la sociedad civil.