Hace 500 años

Los terribles sucesos marcan la pauta de lo que ha sido el devenir histórico de Almería

Manuel Sánchez Villanueva
09:00 • 25 sept. 2022

Una oscura tarde de invierno en la que, dentro de las desangeladas instalaciones malagueñas de Editorial Sirio, me esforzaba por traducir una tediosa biografía de Krishnamurti, el editor se sentó frente a mí. 



Contento de tener un motivo para distraerme de la pesada tarea, detuve mi trabajo para escucharle detenidamente. Con cierto entusiasmo, que por cierto me sorprendió, Antonio me reveló sus planes para editar un libro sobre sufismo que esperaba fuera un éxito editorial, en el que se hacían muchas referencias a Almería y su escuela mística medieval, especialmente a un tal Ibn Alarif que por lo visto había convertido nuestra tierra en un centro espiritual de primer orden. Como pude, salí de aquel trance, intentando disimular que, a pesar de presuntamente haber tenido cierta aproximación a la cultura islámica en mis años universitarios, lo cierto es que no tenía ni la más remota idea de lo que aquel hombre me estaba hablando.



Pero lo cierto es que las palabras del editor despertaron poderosamente mi curiosidad. Y, cuando unos años después volví a instalarme en Almería, dediqué gran parte de mi escaso tiempo libre a profundizar en aquella revelación. De esta manera, me embarqué en una aventura apasionante que se alargó los siguientes 14 años. Empecé sumergiéndome en la ingente obra del Padre Tapia, para después interesarme por arabistas y, en general, cualquier fuente que me permitiera acercarme a una Almería entre culturas cuya historia, al contrario de lo que me enseñaron en su momento algunos de mis profesores de La Salle (con la notable excepción del Hermano Rufino Sagredo en otro ámbito), no solo no era anodina, sino que realmente se revelaba extremadamente interesante.



El resultado de aquel apasionante itinerario, que es justo reconocer que entra dentro de la esfera de la literatura y no de la ciencia, resultó ser el relato de una tierra que había llegado a un alto nivel de desarrollo industrial, agrícola, comercial y cultural mientras estuvo dentro de la esfera de lo que podríamos llamar el mundo musulmán, gracias a su conexión con los mercados africanos y orientales a través de la ruta comercial del Mediterráneo Sur. Esta prosperidad acabó radicalmente tras los sucesivos ataques de los rivales comerciales que monopolizaban la ruta del Norte (liderados básicamente por genoveses, aunque también pisanos y catalanes), especialmente, tras la conquista o reconquista cristiana, momento en el cual se produjo un cambio radical en la historia de nuestra tierra, que dejo de estar orientada hacia el Sur, para comenzar a mirar hacia el Norte.



Si hay un momento que podríamos considerar determinante en este proceso, todos los autores coinciden en que sería el terremoto de Almería del 22 de septiembre de 1522, considerado uno de los más destructivos que ha sufrido España, aparte de que todas las fuentes coinciden en que arrasó Almería de forma casi total, afectando a muchas otras  poblaciones cercanas. De hecho, la catástrofe fue de tal magnitud, que incluso se planteó la posibilidad de abandonar definitivamente la ciudad. Sea como fuere, lo cierto es que la antigua medina musulmana desapareció totalmente, con la excepción de un trozo de mezquita, parte de las murallas y de La Alcazaba.



Sin embargo, lo que leyendo los relatos de la época atrajo más mi atención fue algo muy diferente. Me resultó realmente sorprendente el coraje que mostraron los escasísimos pobladores cristianos que sobrevivieron a la catástrofe. Vale la pena hacer un poco de esfuerzo para ponernos en situación de valorar la gesta que llevaron a cabo.



Para empezar, eran una exigua minoría entre una mayoría de población musulmana hostil, como poco después se revelaría durante la Rebelión de las Alpujarras. Que esa hostilidad fuera más o menos justificada sería otro debate, pero lo cierto es que todas las fuentes coinciden en que se manifestaba a través de bandas que recorrían campos y caminos, los temidos monfíes, atacando a los pobladores cristianos a la primera de cambio. Por otra parte, nuestra tierra era conocida como la Costa de los Piratas, por la asiduidad con la que piratas norteafricanos y en ocasiones turcos asaltaban sus costas destruyendo, robando y esclavizando, por lo que los escasos repobladores cristianos tenían que dedicar gran parte de su tiempo a colaborar en la protección de la costa. 



Que, a pesar de todo lo anterior y tras sufrir un devastador terremoto de consecuencias aterradoras, nuestros antepasados consiguieran reunir las fuerzas suficientes para continuar con el proceso de implantación en esta tierra y comenzar su reconstrucción, en lugar de regresar corriendo a Jaén, Murcia o León, dice mucho de su temple, puede también que, de su desesperación, pero sin duda alguna de su firmeza de carácter. Sobre todo, porque todo apunta a que tuvieron que hacerlo por sus propios medios, con poca ayuda oficial a pesar de ser una plaza militar de primer orden dentro del perímetro defensivo del reino, sin duda una constante en nuestra historia desde 1489, sino antes.


Para mí, los terribles sucesos de hace 500 años marcan la pauta de lo que ha sido el devenir histórico de Almería hasta el día de hoy. Prácticamente aislados al tiempo que, olvidados en una esquina de la Península, los almerienses solo podemos confiar en nosotros mismos. Sin embargo, a las pruebas históricas me remito para afirmar que eso no tiene por qué ser un obstáculo. Solo hace falta que nos creamos que vivimos en una gran tierra, cuyo patrimonio natural e histórico no tiene nada que envidiar a nuestro entorno. Si me apuran, más bien sería, al contrario. 


Porque aquí la repoblación cristiana en una zona fronteriza con el poder turco hegemónico en la época, no la lideraron la casa de Alba, de Medina Sidonia, o de Medinaceli, sino unos tales Vargas, Cano, Enciso o Zamora, llegados venga usted a saber de qué remota aldea castellana o aragonesa, en busca de un futuro mejor para sus hijos. Y eso es mucho decir.


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