Reconstruir la esperanza

“Tal vez, deberíamos preguntarnos ¿cómo estaría esa madre, una madre, para cometer tal acto?”

Una vez mas, nos encontramos con la tragedia a la puerta de nuestra casa.Una madre y sus dos hijos fallecen de una manera fatídica, lamentable, triste. Enseguida empiezan todo tipo de especulaciones, jugamos a ser detectives; parece ser que…, comentan…, Y nos quedamos en eso, en la pura especulación, en la fachada del drama, o incluso nos atrevemos a decir “es que eran negrillos”, como si el color de su piel tuviese alguna relación con el hecho. O los más atrevidos, incluso titulares periodísticos, dicen: “Una madre mata a sus hijos”, así sin más, fríamente.


 Tal vez, lo que deberíamos hacer es preguntarnos ¿cómo estaría esa madre, una madre, para cometer tal acto? O la pregunta que se hacía y nos hacía nuestro Obispo Antonio: “¿qué hemos podido hacer y no hemos hecho para que esta familia haya llegado a estos límites?”. 


Habiba, que ese era su nombre, era de Costa de Marfil, tenía apenas 32 años, se casó con 18, llevaba tiempo en España, pero en 2018 tuvo un brote psicótico, estaba en tratamiento, se encontraba bastante mejor, con algún tiempo con ciertas depresiones. Como comenta su familia, ella quería mucho a sus hijos de 4 y 11 años, por eso se hace más inexplicable.



Ella, como muchas otras, había partido un día de su país, Costa de Marfil, dejando allí a sus padres, incluso al mayor de sus hijos que al final pudo traerse, dejo atrás su tierra, su forma de vivir, su paisaje, sus costumbres, todo aquello que conoció y le enseñaron, seamos capaces de ponernos en su piel, cerrar los ojos y pensar: ¿y si fuese yo el que vive todo eso?, ¿lo soportaría? Algún atrevido seguro dirá: “que no se hubiese venido”; tal vez ella no lo desearía, pero seguro pensó que era la única salida, para vivir, no solo para tener un futuro mejor, sino simplemente para tener futuro.


A tanto drama y tanta desgracia, hay que sumarle que Mamadou, marido y padre de estas criaturas, recibió la noticia en Alemania a las 1 de la madrugada del martes al miércoles, allí estaba trabajando como camionero, tuvo que bajarse con el camión, con las paradas que debe realizar, llegó 72 horas después. En lugar de decirle su empresa que cogiese un avión, que ellos se lo pagaban y que ya se iría a por el camión. ¿Cómo pudo venir esa persona conduciendo durante tres días, sabiendo lo que había pasado, sabiendo que había perdido a su mujer y sus dos hijos? Cuánta inhumanidad, cuánta injusticia y cuánta frialdad.



Todos somos en cierto modo responsables, tal vez no de esta situación, pero sí de muchas otras parecidas. Cada vez más encerrados en nuestro individualismo, en no saber que le ocurre a mi vecino de al lado, que puede necesitar, tal vez un rato de charla, un “buenos días” por la mañana, preguntarnos cómo estamos los unos a los otros, si necesitan algo de mí que yo pueda ofrecerle. Situaciones como esta deben ponernos en alerta, y hacer un llamamiento a la esperanza, a que es posible crear un mundo más cercano, que mire a la persona no solo a la cara sino a lo mas profundo de su corazón. Momento de crear espacios de ayuda, de solidaridad, de hermandad, de sentirnos útiles, de romper las jaulas que creemos que nos protegen y lo que hacen es encerrarnos. Escuchamos a menudo: “No conozco a mi vecino”.  Podemos cambiarlo, solo depende de cada uno de nosotros, podemos crear lazos de ayuda de comunicación, es hora de reconstruir la Esperanza. Habiba, su marido y sus hijos eran nuestros vecinos.



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