Almería, un museo al aire libre

Una de las muchas consecuencias de la pandemia ha sido que los almerienses hemos conocido mejor nuestra provincia. Tomatito me decía, creo que con razón, que no la conocemos lo suficiente. Sin embargo, vivir casi un año entero dentro de nuestras propias fronteras nos ha hecho perdernos en pueblos desdeñados por el mapa, pisando lugares de una belleza superlativa que nunca hubiéramos imaginado bajo un cocotero del Caribe, donde solía ir el personal hasta lo del virus. De pronto, entre los espolones de las montañas hemos descubierto enclaves arqueológicos que nos han confirmado las palabras del belga Luis Siret: Almería es un museo al aire libre. 


El auge y el interés por la arqueología está brindándonos últimamente grandes noticias, como la excavación de Ciavieja en El Ejido, de la que parece que ya se han encontrado vestigios de unas termas romanas. O la ciudad de Los Millares, postulada como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y absolutamente olvidada por los almerienses. O Baria, en Villaricos, defendida ardorosamente por multitud de personas frente a máquinas excavadoras que podrían derribar una parte para urbanizar, como si no hubiera más lugares en la costa.


Pero hay muchos enclaves que los almerienses desconocen y como no los conocen tampoco los valoran. Desde hace unos años, y gracias a un amigo que me contagió el bendito veneno de la arqueología, visito cada fin de semana un sitio distinto, donde hallamos pinturas rupestres, poblados, necrópolis, murallas prehistóricas, etc. Es realmente emocionante descubrir estos lugares, pero sobre todo imaginarte a esos hombres y mujeres sobreviviendo en un planeta todavía hostil para el ser humano, detenerte a pensar en cómo serían sus vidas y cuáles serían sus pensamientos mientras creaban, por ejemplo, sus crípticas pinturas en la Sierra de Filabres, ese microcosmos que no me canso de explorar, que nunca te defrauda.



El interés por la arqueología es cada vez mayor, pero todavía falta mucho por hacer. El Museo Arqueológico, pequeño para los inmensos fondos que guarda en sus sótanos, es de visita obligada para comprender de dónde venimos y las claves de la evolución humana. La propia pandemia del coronavirus o el cambio climático tienen mucho que ver con acontecimientos del pasado que provocaron emigraciones masivas, nuevas adaptaciones al terreno o notables progresos de la Humanidad.


Debemos conservar el fastuoso patrimonio de nuestra provincia, que decía Siret, quien por cierto nos regaló el eslogan para una posible campaña turística futura con su ‘Almería, un museo al aire libre’. Solo la ciudad de Los Millares, de la que aún queda por excavar, merecería una puesta en valor en condiciones. Es triste ver que apenas recibe visitas, salvo de los escolares entre semana. 



Por suerte, hay movimientos y asociaciones como ‘Amigos de El Argar’, ‘Amigos de la Alcazaba’ o ‘Patrimonio almeriense pueblo a pueblo’, que están realizando una labor encomiable y que demuestran que son muchos los que apuestan por nuestro pasado arqueológico, por su conservación y por nuevas excavaciones para que Almería se convierta en un lugar de peregrinaje, no sólo para el turista de sol y playa, sino para toda la gente interesada en la cultura. Ojalá que los políticos comprendan el valor tan incalculable de cuanto tenemos y de lo que aún esconden las entrañas de esta tierra feraz y embriagadora. 


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