En tierra hostil

Todo llega y  algo más de la mitad de  ciudadanos de este país abre hoy la espita de sus vidas a la vida, o a lo más parecido, porque su otra vida, la de antes del estado de alarma, no sabemos si tiene billete de vuelta por la misma ruta o tendrá que retornar por una nueva y desconocida vía para la que precisará de un GPS que, aún hoy,  ignoramos. Poco a poco, ciudades y pueblos intentan adaptarse a un nuevo ritmo bajo la invisible amenaza del invisible enemigo que ha cambiado el mundo. Ya lo ha anunciado la oficialidad en días precedentes bajo el sabio mapa multicolor de este país, en tantas ocasiones fragmentado, y ahora tamizado de azules. Pareciera que el enemigo invisible ha hecho de la patria común una suerte de paleta azulada en la que comunidades, ciudades, pueblos, zonas y territorios en azul claro, o lo que es lo mismo que en fase uno, puedan organizar la vida con mayor manga ancha que aquellos a los que se les ha otorgado un azul más intenso, que aún permanecen en la llamada fase cero. A estas alturas de la guerra no habrá quien aún no se haya percatado de que habitamos bajo confinamiento –a ver si los más confiados e irresponsables sociales se enteran de que el estado de sitito contra el enemigo invisible no se ha levantado- y se nos ha organizado la vida en fases. Tras algunas intensas jornadas de limpieza, adaptación y preparativos, los pequeños comercios, bares, restaurantes, establecimientos, algunos servicios y actividades pintarrajados  de azul claro levantan hoy media persiana, pues no precisarán alzarla hasta el tope porque sólo podrán acoger a la mitad de sus aforos. Los lugares de culto religioso también abren hoy para el treinta por ciento de sus fieles y bajo determinadas medidas de seguridad e higiene. 


Poco a poco, territorios y ocupantes bajan peldaños de la escala de la enfermedad y el hecho de no hacerlo en idénticas condiciones, bajo la misma fase, ha creado descontento, protestas y reclamaciones por los regidores  y responsables políticos de las comunidades que aún permanecen en esta novena semana de confinamiento en donde estaban. Ahora se habla más de política y de fases. A algunos ciudadanos se les transmite la sensación de que la permanencia o bajada de la escalera albergan una reñida competición, una estúpida y peligrosa carrera por llegar antes al podio de no se sabe muy bien qué, pues todo es tan imprevisible como desconocido. Y la mayor evidencia reside en la estrategia diseñada de las fases para descender peldaño a peldaño, de ahí los continuos llamamientos a la responsabilidad individual y a la prudencia de todos.


Vivimos en fases, dormimos por fases, presentes en muchos órdenes. La súper luna de las flores, que el firmamento nos regaló la otra noche, pasa en su perpetuo caminar por cuatro fases; las plantas crecen gracias a ellas, las parejas atraviesan varias fases y la electricidad se mueve por fases como bien  sabía el desaparecido y bueno de Juan Aguilera Ramírez, “Juanín”, el encargado del mantenimiento del fluido eléctrico de mi pueblo, quien a finales de los años setenta, ante el pésimo servicio que ofrecía a la central local la compañía de “El Chorro”, se jugaba el tipo a merced de salir chamuscado, noche sí y otra también, intentando  dar con las diferentes fases del tendido a base de cañazos a ciegas sobre los cables, generoso ejercicio que en las vigilias de avería –todas- nos regalaba el gozo visual de sentirnos espectadores de tan particulares fallas orialeñas. 


De vuelta al presente, en este lento caminar por el campo de batalla también hay cambios, alteraciones, mudanzas. En apenas un mes hay quien ha podido salir a respirar aire, aunque sea a través de las mascarillas, y ha dado rienda suelta a la movilidad, en ocasiones con demasiada frecuencia y en lugares inadecuados. Primero fueron los niños, cuya ausencia en espacios públicos se hacía notar; después las personas con necesidades especiales de movilidad, los deportistas, los mayores…poco a poco casi todos pueden aliviar la necesaria reclusión. La misma que hasta la llegada del confinamiento de humanos tenían numerosas especies animales, obligadas  –parecía que de por vida- a limitar su existencia más allá de los confines dominados por el hombre, pese a que con anterioridad gran parte del territorio humano había sido dominio del reino animal. Tal vez por ello la vida se ha abierto camino y la fauna de la periferia de ciudades y pueblos ha salido de sus refugios y se ha adueñado de los enclaves humanos, habiendo protagonizado  imágenes insólitas con pavos reales deambulando por las calles, patos sobre las aceras, cabras y ciervos dando cuenta de plantas y arbustos de jardines públicos y privados, y hasta un oso que aprovechó la larga noche del confinamiento para darse un paseo  en Cangas de Narcea (Asturias). La naturaleza demuestra, una vez más, que tiene una gran capacidad de reacción. La misma que con toda seguridad tendrán desde hoy los animales liberados cuando la presión humana, el tráfico y los ruidos les hagan  sentirse en territorio hostil y abandonar el espacio colonizado, que, por otra parte, para nosotros también sigue siendo hostil a pesar de situarse un peldaño más abajo en el descenso de la escalera.




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