Esa ingrata morena

La pesca del ayún en Ayamonte, de Sorolla.
La pesca del ayún en Ayamonte, de Sorolla. La Voz

Hasta ahora en nuestra sección sólo hemos hablado de Música sinfónica, es decir, aquella interpretada por orquesta. No es que sólo merezca la pena este género, ni mucho menos. La inmortal va más allá, pero hasta este momento había preferido no traspasar la frontera. Hoy, por primera vez y quizás como única excepción, vamos a hablar de una obra que no ha sido compuesta para orquesta, sino para piano. Se trata de Iberia, de Isaac Albéniz.


Iberia es una suite, una colección de 12 piezas cuya relación entre sí es conceptual y estilística, podemos decir que son números independientes reunidos en una misma obra. Y aunque cada uno de ellos es muy especial, debido a la extensión de toda la suite os recomiendo la escucha solamente de uno: Almería. Es fácil pensar que sugiero éste por razones extramusicales, pero no es así. Es una de las piezas que más completas me parecen, y quizás fuera una de las predilectas del propio compositor. Si podéis, os animo a escuchar también El Puerto, aunque lo que deseo realmente es que os lancéis a la escucha de toda la obra. Hasta dentro de dos semanas no volveré a entrometerme ¿Por qué no escuchar una pieza diaria hasta mi próxima recomendación? Si descansáis un día a la semana las cuentas son exactas. Una pieza de Iberia para cada día, desde luego suena fabuloso.


A algunos puede sorprender que la única pieza no sinfónica de la que hable sea la de hoy, pero para mí...lo extraño casi, sería no hacerlo. Siempre he sentido especial predilección hacia este compositor, como guitarrista he estado cerca de su repertorio desde hace ya muchos años. Como su Música me era muy atractiva, incluso decidí que mi trabajo fin de Máster, que por cierto tengo a muy buen recaudo, tratara sobre Almería. Pude acercarme con mayor detenimiento a Iberia y sumergirme más en esta magnífica obra y, conforme iba conociéndola más, más aumentaba mi gusto hacia ella. 




La primera época del compositor fue destinada a la Música que se estilaba en su tiempo, música de salón, preciosas melodías, cierto carácter nacionalista y todo ello sin llegar a tener una complejidad musical mayor, aunque siendo de excelente calidad. Fue un niño prodigio y se dedicó a los conciertos y giras durante mucho tiempo. A sus 29 años marchó a Francia y nunca regresaría a España para vivir de manera permanente. Varios años entre Londres y París en los que decidió no escribir para piano, su instrumento, para meterse de lleno en la música teatral y la ópera. Toda la producción de esta época no tuvo la acogida esperada, y aún menos en España. Desde un exilio voluntario y con una Música que en muchísimos casos apelaba a su tierra, podemos imaginar cómo podía sentirse Albéniz con respecto a su país. De ahí a que España fuera para él, su “ingrata morena”. Tras su larga y poco exitosa incursión en la ópera volvió al calor de su piano y, suponemos que con una visión de España nostálgica e idílica, se puso a escribir en 1905 Iberia, que ocuparía los últimos años de su vida.


Toda esta situación personal y el amplio aprendizaje de los años previos, permitió que hoy podamos hablar de una de las mejores obras de toda la literatura para piano. Así es. Grandes compositores de la época como Debussy o Ravel hablaron maravillas de él y de su Iberia. Y es que tiene una magia fantástica, una frescura que perdura más de un siglo después. Se trata de Música imantada, que atrae a todo tipo de oyentes. Fácil de escuchar pero profunda y compleja, y treméndamente genuina. Enérgica e íntima, llena de una fuerza interior embaucadora, que bebe de la música popular para crear una auténtica obra de Arte: 12 impresiones españolas y un gusto desmesurado. Consigue transmitirnos la visión nostálgica de su España, tan querida y lejana. Es una obra llena de luz, la misma luz que podemos atribuir a Sorolla


Y es que desde hace un tiempo ya, para mí adquieren especial relación la Ibería de Albéniz y la mastodóntica obra del pintor Visión de España. Dos grandes artistas que nos muestran dos miradas de su tierra, cada uno desde su disciplina, cada uno desde su prisma, uno desde casa, el otro desde el exilio, y con pocos años de diferencia entre sus creaciones. Ambos nos regalan un trozo de España que traspasa la tierra y la bandera. Algo más profundo que cualquier símbolo. Porque si de algo podemos sentirnos orgullosos como pueblo, es de las maravillas que nos entregan los grandes artistas que han formado parte de él. Gracias a todos los Cervantes y Machado. Gracias a todos los Sorolla, Dalí, Velázquez y Picasso. Gracias a todos los Falla y Granados. Gracias a tantísimas personas excepcionales por compartir su manera de ver y de entender, por hacernos mejorar como individuos y como sociedad. 


Gracias Albéniz por enseñarnos tu mirada tan particular de España con Iberia. Creo que a todos, y quizás más a los que tengan que vivir fuera como tú lo hiciste, tus sonidos nos hablan con dulzura y melancolía.


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