Una ventana al cielo

Desde que tengo uso (real) de conciencia, nunca he creído en Dios. He sido tan católico como muchas personas de nuestra sociedad, católico cultural podríamos decir, de los que de niño va a la Iglesia con sus abuelos, de los que celebra su primera comunión y...hasta aquí. Lógicamente esto puede no importaros en absoluto, pero me parece importante que hoy lo sepáis. Y que vaya por delante mi respeto a las diferentes creencias de cada persona ¡Faltaría más! Pero a pesar de que la espiritualidad cobra cada vez más importancia en mí, de momento no se ha visto ligada nunca a un Dios, ni a una religión, ni mucho menos a algo más allá de esta vida en la que respiramos para mantenernos. 


En estos días de Semana Santa la muerte adquiere un papel protagonista en nuestro entorno. Imágenes representando la pasión de Cristo inundan las calles de gran parte del país y, aunque pueda parecer incompatible, también multitud de gente se agolpa en lo bares (he de reconocer que tiendo más a esta segunda opción). Pero si nos ceñimos sólo a la conmemoración de la muerte de Jesús, desde luego es un rito cultural muy alejado, creo yo, de la verdadera muerte: la muerte de un ser querido.




Lamentablemente puedo decir que he perdido a más personas de las que quizás me correspondería por edad. Cuando la única certeza para mí es que al dejar esta vida todo se acaba, la desesperanza es aún mayor con la llegada de la muerte. No existe posibilidad alguna de reencuentro, ni ningún otro artificio para sentirse mínimamente reconfortado. Sólo quedan los recuerdos de esas personas que tan importantes fueron, recuerdos que por desgracia muchas veces se van transfigurando. Quedan también el legado de sus actos y un tremendo vacío que jamás podrá llenarse.


Recuerdo con claridad las sensaciones que viví en dos misas de difuntos, difuntos que ojalá aún no lo fueran. Recuerdo las palabras vacías del cura que las oficiaba, recuerdo el rechazo que me provocaba ese rito, recuerdo el dolor por la falta que acababa de sufrir, recuerdo el agujero que se me creó, recuerdo el desconsuelo. Quizás no hace tanto, la misa de difuntos era algo más que un mero trámite, es posible que mi percepción entonces hubiera sido distinta, al igual que podría haber cambiado si la música hubiera estado presente, como muchas veces aún lo hace en otras celebraciones religiosas.


Debemos recordar que la Música ha estado muy ligada a la Iglesia, y es que las misas han tenido banda sonora durante mucho tiempo, y por supuesto las de difuntos no son una excepción. Algunos de los grandes compositores escribieron un Réquiem y, como rito litúrgico que es, cada una de las partes musicales corresponde a una de las partes de la propia misa, enriqueciendo así algunos de los textos (en latín). Hoy quiero que escuchéis uno de estos grandes Requiem musicales, el Réquiem de Fauré, que podréis encontrar en mi web y en las redes bajo el hashtag #EscuchandoMúsicaInmortal.


La última versión de esta obra es de 1893 y, aunque siempre se ha especulado con que la compuso por la pérdida de sus padres, él nunca admitió esto. Fauré era organista y en multitud de ocasiones participó en estas misas fúnebres. Lo que él quiso hacer era algo distinto y, afortunadamente para todos nosotros, lo consiguió. No es el terror a la muerte ni un Dios iracundo en el juicio final lo que caracterizan esta pieza, es otra cosa. Porque como el propio compositor afirmó, sentía la muerte “como una liberación dichosa, una aspiración a la felicidad del más allá, mucho más que como un tránsito doloroso”. El paisaje sonoro que Fauré nos muestra es totalmente embaucador y placentero. Quizás sea un placer algo hedonista, aunque para mí va mucho más allá, se trata de un placer cargado de paz, de sosiego, de felicidad. Escucho en esta gran obra algo que realmente es espiritual, la luz es visible en casi todo momento. 


Como os he dicho, la espiritualidad va encontrando poco a poco mayor hueco en mí. Y os aseguro que conforme pasa el tiempo voy hallando más fichas del puzle que permiten que me acerque un poquito más a la foto general. Y cada pieza nueva del rompecabezas me lleva de manera inevitable a pensar que Belleza, Dios y Arte forman partes iguales del todo, porque finalmente puede que ésa sea la verdadera trinidad. Y aunque de momento sigo buscando muchas cosas y mis creencias son las que son, este Réquiem me muestra que el tránsito a la muerte no tiene porqué ser doloroso, y dibuja en mis oídos lo que puede haber después de la vida terrenal. Porque en toda esta obra, Fauré me abre una ventana al cielo que me deja ver aquello que está al otro lado, lo que normalmente no puedo ver. Os invito a asomaros por esta ventana y a seguir buscando en la Belleza de la Música, quizás encontréis más de lo que esperáis..


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