Elegantes tragedias (II): Un vermut en San Miguel

Segunda entrega de una serie de siete relatos negros protagonizados por Némesis de Peláez

Almería, 1934


Son casi las diez de la mañana y todavía no pica el sol. El otoño tarda en llegar. Ya ha pasado el día del Pilar y el mar sigue llamando a quien lo sienta. El inspector Ramos y Némesis se bajan del coche patrulla. Han avisado de que el horror se ha manifestado en esta hermosa mañana en el balneario de San Miguel. Los muertos deberían aparecer siempre con niebla, pero en Almería no. Se encaminan directamente al arenal. Allí están ubicados los habitáculos que se usan para guardar los aperos que los pudientes alquilan durante las jornadas del disfrute playero. Después, también sirven para acicalarse con elegancia y disponerse a tomar el aperitivo en la terraza del restaurante.


—Inspector, doña Némesis, buenos días.


—No parecen tan buenos, oficial. ¡Qué olor tan fuerte, dios santo! Infórmeme.



—Se trata de la señorita Enriqueta Simón, asidua de las instalaciones de San Miguel. Trabajaba en las oficinas del puerto de la empresa de exportación de frutas Román e hijos. Era secretaria del empresario don Cosme Román, quien reside habitualmente en Vera, aunque frecuenta la capital por sus negocios, alojándose en el hotel Continental.


—¿Una secretaria alternando en este sitio tan elegante? (Pregunta Némesis sacando un pañuelo y tapándose boca y nariz)


—La caseta la paga don Cosme. Me lo ha confirmado la limpiadora que la ha encontrado esta mañana que, casualmente es mi cuñada. Por lo que se ve, ella y media Almería creen que era algo más que su empleada. La señorita utilizaba esta instalación como propia desde hace unos seis meses. La afluencia de perros a esta puerta durante dos días hizo sospechar y mi cuñada ha abierto la puerta hace una hora, entonces me ha avisado. Aún no sabemos si se trata de una muerte natural o no.


—Déjeme la linterna. La mujer está en posición fetal, pero no tiene gesto de dolor. No parece presentar golpes en la cabeza ni hay señales aparentes de traumatismos. Conserva sus zapatos y va muy bien vestida, pero...


—Pero tiene la falda manchada de sangre.


—Bastante sangre, diría yo. (Corrobora Némesis)


En un rincón encuentran una copa semirrota. 


—Huele a una bebida alcohólica, ¿podría ser vermut? ¿Usted que opina, Némesis?


—Sí, podría serlo por el color que ha dejado. Y en el fondo quedan como gránulos de alguna sustancia. Habrá que analizarlo todo. La sangre ha acelerado el proceso de putrefacción y aquí no se puede estar sin vomitar.


—Le habrá dicho a su cuñada que todo lo que ha visto aquí es secreto de sumario y no puede hablarlo absolutamente con nadie. Perfecto, oficial, enumere las pruebas mientras llega el fotógrafo. Salgamos de aquí, Némesis, vamos a entrevistarnos con la gerencia del Balneario.


La noticia ha corrido como la pólvora por Almería. Por los corrillos de las terrazas del Paseo no se habla de otra cosa. 


—¿Enriqueta Simón? ¿Esa tan vistosa que vivía en la calle Cucarro con una tía viuda? Era publico y notorio. Él no se escondía, los hombres ricos acaban teniendo queridas de las que disponer sin ningún recato. Pero parece ser que esta semana el Sr. Román no estaba en Almería, baja a la capital en semanas alternas.  


El inspector Ramos está reunido con el juez. A la pobre Enriqueta le están haciendo la autopsia en el Hospital Provincial de Santa María Magdalena. Némesis ha asistido un rato, el suficiente como para confirmar sus sospechas. Su carné de enfermera de la Cruz Roja le da atribuciones para ello a través del consentimiento explicito de la policía. Hace más o menos una década que colabora con ellos, primero con su difunto esposo, el inspector Peláez, ahora con el inspector Ramos. Y el cuerpo inerte de la joven intentaba explicarse desde su tragedia veinteañera. Si pudiera hablar con ella de mujer a mujer, ¿qué le hubiese dicho? Seguramente que don Cosme es un señor simpático; que ella era huérfana y que estudió mecanografía con la ilusión de salir del barrio de la plaza de Toros para progresar y no dejarse los ojos pegados entre bordados de bastidor, como hacían todas las de su calle. “Pobre muchacha, tan sola y tan muerta.” Por fin llega otra vez al balneario paseando desde el hospital, necesitaba aire fresco. Se deja caer en la terraza. Mirando al mar enciende un pitillo y pide un vermut.


Cierra lo ojos y suenan los tambores de su infancia en Cienfuegos. Está lloviendo como solo lo hace en el Caribe. Una muchacha yace en la choza. Su madre habla: “Esto será rápido, mi amor. Yo le lleno los bajos con el agua santa de esta perilla y en un rato todo habrá acabado.” Némesis tiene seis años y agita un paipái de seda sobre la cara de la mulata, mientras ella suda y llora en silencio. La niña no sabe qué pasa, solo sigue las órdenes de su madre: “Abanique y cójala de la mano, mi hija, más nada.” Le llega el olor a sangre, también a jabón y a ron. Puede escuchar ahora el cacareo de una gallina que aparece a los pocos días en los brazos de su madre... Nunca habló con nadie de aquello. Cuando la adoptaron en la casa grande, el olor a miseria quedó para siempre aprisionado en su infancia más remota. Pero el fantasma había despertado aquella mañana y casi se desmaya. Quiso disimular delante de los policías. Y no era por la truculencia. La muerte no le impresiona desde hace mucho. Quizá por ello se hizo enfermera de la Cruz Roja en su primera juventud en España, no hay problema para ella en pisar la tragedia. La sensación que le hizo casi echar el desayuno fue descubrir que la vida de las mujeres seguía siendo tan difícil en cualquier parte como en la Cuba de su infancia. Las bastardas como ella están condenadas a repetir la misma trayectoria que aquellas mulatas, pero heredar la piel trigueña y los ojos verdes de su padre cambio su destino… Definitivamente, desde que muriera su esposo hace cinco años, este es el caso que más le ha tocado.


Le saca de su trance el chirrido de una silla en movimiento. El gerente del balneario se está sentando. El mismo que les atendió esta mañana con muchas ínfulas. Se ha cambiado de indumentaria a un traje de lino beige que le hace parecer algo más cercano.


—Buenas tardes, señora de Peláez. No se imagina la cantidad de curiosos que he tenido que despachar en todo el día. Menos mal que esta tragedia ha ocurrido en octubre, si pasa en pleno veraneo seguramente habría tenido que cerrar el restaurante y la terraza. Una muerta no es precisamente algo que contribuya a nuestro prestigio. Apenas llevamos abierto tres años y desde entonces no hemos hecho más que crecer. ¿Ha visitado nuestras piscinas de agua caliente de mar?


—Sí, cómo no. San Miguel es uno de los sitios de moda de la ciudad. Pero no estoy aquí para que me invite a tomar las aguas. Vayamos al sal pa fuera de hoy. ¿Usted conocía a la señorita Simón?


—No mucho.


—Tengo entendido que ella tomaba el aperitivo en esta misma terraza. Los días que tocaban, con don Cosme, el resto acudía a bañarse sola y a disponer de la caseta de playa y de estas instalaciones a gastos pagados. Si eso es correcto, óigame, no entiendo que me diga que no la conocía mucho. Enriqueta era tremenda hembra.


—Pero señora de Peláez..., está bien, como quiera, Némesis. Yo soy el gerente de este balneario y por aquí pasa lo más granado de la ciudad. Yo no tengo por qué reparar en toda nuestra clientela. Además, mi trabajo consiste en ser discreto, me va a disculpar…


—Párese ahí, Lirola. Ese discurso de director de hotel de citas ya nos lo sacó esta mañana. Aflójese la corbata y comencemos otra vez. Enriqueta se sentaba en esta terraza un día sí y otro también, por lo que era difícil no verla. Eso no me lo puede negar un hombretón que luce así, en la flor de la vida y que tiene, ¿treinta y cinco años, he acertado?


—Treinta y seis cumplí en mayo para ser exactos.


—Ella era la amante de don Cosme, que, por cierto, se estará enterando en este momento de tamaña desgracia. El inspector Ramos ha quedado en informar a Vera. El suceso pudo pasar hace un par de días, tres a lo sumo. O me platica usted de ella con más detalle o lo harán los camareros y las asistentes del balneario. ¿Me sigue?


—Luis, tráeme un vermut doble. (Silencio y humo) Es usted muy directa, señora. Ketty, Ketty... Yo la quería, sí. Y ella a mí también. ¿Satisfecha?


—No, acabamos de arrancar el carro, caballero. Y eso implica entonces que Ketty mantenía dos relaciones a la vez, con don Cosme y con usted. ¿Correcto?


—Así era. Pero iba a dejar al viejo, ya lo teníamos planeado. Yo también iba a divorciarme de mi esposa. Ahora con la República se puede y ese era nuestro plan, fugarnos juntos a Orán.


—Y estaba preñada de dos o tres meses. ¿Lo sabía?


—¿Preñada? No, yo no sé nada de embarazos, eso son cosas de mujeres. A mí no me dijo nada. Yo solo sé que íbamos a estar juntos pronto. Pero alguien ha acabado con ella o se ha desangrado sola en la caseta, eso tendrá que averiguarlo la policía. O a lo peor se tomo alguna pócima y se quedó en el sitio.


—Y dígame, todo el mundo parece beber vermut en este local, ¿no? Es la bebida de moda. También había en la caseta una copa justo como esta.


—¿De verdad? No tengo tampoco idea qué hacia allí una copa de vermut. Quizá se la llevó este verano en alguna ocasión desde la terraza hasta la playa y acabó en un rincón, no tiene por qué ser reciente.


—¿Conoce la nueva técnica de huellas digitales que usa la policía? Se sorprendería si le digo que cada dedo de nosotros es único y deja su firma en todo lo que toca…


—¡Él se ha enterado de lo nuestro y ha mandado matarla! Tan simple como eso. Ya verá, ya, como cuando vuelva a comisaria y le digan que está tan fresco, paseando del brazo de su esposa en Vera. Entonces me dará la razón. A ese don Cosme no le para nadie los pies. Por algo es el rey de las minas de Sierra Almagrera y de la empresa de exportación de frutas más importante del puerto.


De pronto se acerca un camarero casi corriendo a la mesa.


—Señora, le llaman por teléfono. 


Anochece en la Bahía de Almería. Toman la segunda copa, encienden el tercer pitillo. Siempre anochece otra vez para los vivos, pero no para don Cosme Román, ha aparecido esta misma mañana ahogado en una playa cercana a Vera, se lo acaban de comunicar a la cubana desde comisaria. Por fin Némesis vislumbra al inspector Ramos llegando a la terraza. Solo entonces le susurra al gerente:


—Apúrese el trago, Lirola, porque me temo que va a ser el último. Nadie le dijo que Ketty murió desangrada, pero usted ya lo sabía.


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